Primavera 2005

Historia

¡Mesías! Los Gobernantes y el Papel de la Religión, Parte 1

Hombres como Dioses

David Hulme

En esta nueva serie examinaremos el deseo de algunos hombres, a lo largo de la historia, por convertirse en dioses-salvadores, así como la atracción que las personas sienten hacia ellos y su tendencia a apoyarlos, con lo que dan legitimidad a su mandato y estimulan sus fantasías de omnipotencia. También veremos que con demasiada frecuencia se utiliza y manipula la religión en la búsqueda de tal deificación. Aquéllos que pretenden alcanzar la divinidad, o quienes simplemente la utilizan como una arma política, frecuentemente reclaman para ellos una unción única, la naturaleza de un superhombre o la capacidad para crear leyes supremas. En su delirio, se convierten en falsos mesías.

Cuando hacia el final de su mandato el pervertido emperador romano Nerón (54–68 d.C.) se opuso a la construcción de un templo para él mismo como un ser divino, aparentemente contradijo el orden social prevaleciente. La adoración al emperador se había convertido en parte de la vida diaria de Roma y su propio progreso hacia tal exaltación parecía ser cada vez más rápido. ¿Acaso la negativa de Nerón era una señal de que el cruel y presuntuoso gobernante finalmente se había convertido en una persona humilde?

Al parecer no fue así por diversos motivos. La razón que dio Nerón para su negativa fue la creencia aceptada de que sólo los emperadores muertos podían alcanzar la divinidad, pero ya 10 años antes había permitido al Senado la erección de una estatua suya (de igual tamaño) junto al dios de la guerra en el templo de Marte Vengador. Además, en las monedas de su principado se le representa con la radiante corona de un emperador deificado y como Apolo, el dios del sol.

Si eso no fuera suficiente para demostrar la fascinación del emperador por la divinidad (sea que él realmente se considerara divino o que sólo pretendiera serlo), los acontecimientos que rodean la visita a Roma de Tirídates, rey de Armenia, deben servir para convencer a los escépticos. Tirídates era también un mago parto, un sacerdote de Mitra. Su rendición a las fuerzas romanas le había permitido retener su trono como un rey vasallo, pero fue su carácter de mago lo que intrigó a Nerón. Y Nerón amaba la magia. Para añadir fascinación a la historia, Mitra era el dios de la luz y por ello se le identificaba con frecuencia con el sol. Cuando el rey armenio visitó a Nerón en el año 66, se arrodilló y se dirigió al emperador como «amo» y «dios». Al parecer fue en ese instante cuando Nerón efectivamente se visualizó a sí mismo como alguien que se encontraba cerca de la divinidad. De acuerdo con el senador e historiador romano del siglo III, Dión Casio, Nerón dijo al rey: «Has hecho bien en venir aquí personalmente, para que al conocerme cara a cara puedas disfrutar de mi gracia… Yo tengo la potestad para quitar reyes y para imponerlos» (Historia de Roma 63.5.3). Poco tiempo después, en una espléndida ceremonia pública cuidadosamente organizada, el sacerdote del dios de la luz repitió sus palabras de homenaje mientras la luz del sol naciente brillaba sobre el rostro de Nerón y le hacía ver, en toda apariencia, como el nuevo dios del sol.

A pesar del hecho de que probablemente estaba más interesado en los dioses de una manera ideológica que religiosa, no cabe duda de que Nerón tenía una obsesión con el sol. Desde su identificación con Apolo, el dios de la lira, el dios de la música, el invencible Sol, el dios de las carreras, hasta con Apolo Febo, el auriga del sol, a lo largo de su vida Nerón se convirtió en diferentes personificaciones del dios del sol. Para el año 60 era un músico de la lira, un cantante y un corredor divino con el cabello dorado. Él inició una Era Dorada. Él era el Nuevo Apolo y el Nuevo Sol, vistiendo una diadema con rayos que salían de él. Y aún así era alguien del pueblo, rehuía a la divinidad, se presentaba en obras y cantaba en público.

En sus opiniones ocasionalmente ambivalentes acerca de la divinidad, Nerón no era demasiado inusual, puesto que sus predecesores romanos y sus sucesores imperiales hicieron algo similar: rehuirían y, al mismo tiempo, reclamarían la divinidad. El hilo de de adulación corre por todos ellos, ya como una necesidad para los gobernados, o bien como una tentación para el gobernante.

EN BUSCA DEL RASTRO DE QUIENES PRETENDÍAN LA DIVINIDAD

La adoración del emperador romano, o la celebración del culto imperial, tuvo sus inicios con Julio César (46–44 a.C.), quien lo aprendió de los griegos. Los griegos, a su vez, habían asimilado la idea de los egipcios y de los babilonios. César buscó la legitimidad de su ambición por lograr una dictadura vitalicia al asegurar su origen divino. Su error fue sugerir que se le adorara como a un dios, un descendiente de la diosa Venus, mientras aún se encontraba vivo. Tal muestra de orgullo desmedido, combinado con una ambición aristocrática romana, provocó su asesinato en manos de un grupo encabezado por Bruto y Casio, ambos miembros del Senado.

Pero no pasó mucho tiempo antes de que el deseo de divinidad de Julio César se viera recompensado. Su sobrino e hijo adoptivo, Octavio, quien al final se convirtió en César Augusto (27 a.C.–14 d.C.), proclamó a su padre Divus Iulius (divino Julio), le construyó un templo y colocó su estatua entre los dioses romanos de la antigüedad en el Panteón de Agripa. Sin embargo, Augusto negó a la Italia romana el derecho de concederle a él los honores divinos que él mismo había envestido en su padre, diciendo abiertamente que él no era un dios. No obstante, sí permitió a sus súbditos egipcios que le reconocieran como tal y permitió la construcción de templos en su nombre en el imperio oriental. En estas remotas áreas de Italia fue conocido como «salvador» y «benefactor», alguien digno de adoración.

El sucesor de Augusto, Tiberio (14–37), se mostró renuente a aceptar su propia deificación, aunque fácilmente la otorgó a su predecesor, refiriéndose a él como «el divino Augusto». No obstante, durante su gobierno, Tiberio aparecía como divus en algunas monedas y fue declarado «hijo del dios» en un documento redactado en el año 37.

Fue el siguiente emperador, Cayo (37–41), también conocido como Calígula, quien daría el paso final y demandaría que se le adorara en Roma. Una enfermedad durante los primeros días de su mandato parece haber alterado el equilibrio mental de Calígula. Creyéndose la encarnación de Júpiter, el padre de los dioses, se proclamó a sí mismo la encarnación de todos los dioses y diosas romanas anteriores y utilizaba sus vestimentas con regularidad.

Encolerizado porque los judíos de Alejandría no erigieron y adoraron su estatua en sus sinagogas, Calígula dio instrucciones a su legado en Siria para que instalara su imagen de bronce en el templo de Jerusalén. Aunque más tarde el emperador rescindió la orden, no fue diferente a Nerón en cuanto a su megalomanía y egocentrismo. Las características de ambos hombres se expresaron en una atroz autopromoción y en sus ilusiones de grandeza.

«Los hombres que se deleitan en jugar a ser dios hasta convertirse en uno ya hace tiempo que forman parte de la sociedad humana y frecuentemente a un nivel de liderazgo».

Los hombres que se deleitan en jugar a ser dios hasta convertirse en uno ya hace tiempo que forman parte de la sociedad humana y frecuentemente a un nivel de liderazgo. No son poco comunes los hombres en la vida política que utilizan el poder de la religión para esclavizar a otros. Lo que ocurrió varias veces en el Imperio Romano una vez que se estableció el culto imperial (consulte «La invención de deidades» en la página 47) sirvió de ejemplo para los gobernantes posteriores en otros órdenes sociales y políticos.

EL PARALELO BABILÓNICO

Tras el asesinato de Calígula, Claudio se convirtió en emperador y éste, a su vez, fue sucedido por Nerón. Se dice que, hacia el final de su mandato, Nerón erigió una estatua de bronce de él mismo de 120 pies (aprox. 36.5 m) como el dios del sol. Aunque esta acción es objeto de debate entre los eruditos, sí suena como el tipo de obras públicas que habría realizado Nerón.

Si en verdad ordenó la construcción de tal estatua, actuó de una manera sorprendentemente similar a la de otro gobernante de una época y un lugar diferentes. La Biblia registra que alrededor de 650 años antes, Nabucodonosor, rey de Babilonia, ordenó la construcción de una estatua de oro de 90 pies (aprox. 27.5 m) en una llanura cercana (consulte Daniel 3) y todos sus súbditos debían adorar la gran imagen so pena de muerte. No se especifica exactamente qué representaba la estatua, aunque algunos especialistas en textos bíblicos creen que muy probablemente tenía la forma del mismo Nabucodonosor –una versión de lo que el joven profeta judío, Daniel, había revelado cuando interpretó el sueño del rey acerca de una inusual estatua hecha de varios elementos (consulte Daniel 2). Daniel había dicho que la cabeza de oro de la estatua representaba a Nabucodonosor y al reino de Babilonia que él gobernaba. Tampoco parece ser una loca especulación el sugerir que el ya de por sí enorme orgullo del rey se vio reforzado con la interpretación de Daniel y que ahora cierta forma de deificación se había convertido en su pasión; de ahí que erigió una estatua de oro de sí mismo a la cual todos debían adorar. El libro de Daniel continúa mostrando que el orgullo del rey le llevó a creer que él era el responsable de su propio éxito, que él era en cierta forma un equivalente de Dios, razón por la cual sufrió siete años de locura egomaniaca (consulte Daniel 4).

«El orgullo del rey le llevó a creer que él era el responsable de su propio éxito, que él era en cierta forma un equivalente de Dios».

El sacerdocio babilónico, que en realidad estaba formado por magos caldeos, había concebido un método para retener el poder por encima del rey a través de la religión. Una ceremonia en la envestidura del rey enfatizaba su relación con el dios supremo de los babilonios: Marduk. La imagen del dios se alojaba en un templo en la punta del zigurat, o torre escalonada, de casi 300 pies (aprox. 91.5 m) de altura en Babilonia. Al igual que la anterior Torre de Babel de la Biblia (Babylon en griego) —consulte Génesis 11—, sus constructores tenían la idea de retar al mismo cielo al construir hacia arriba. En el interior del templo el rey recibía su autoridad de manera figurativa del dios Marduk sosteniendo las manos de la imagen. Entonces se convertía en un hijo del dios y estaba obligado a proteger a los sacerdotes. Como resultado, el pueblo babilonio hacía tiempo que consideraba a su rey como divino. La evidencia del punto de vista babilónico de la relación entre el rey y el dios fue encontrada en el sitio de excavación de la antigua Babilonia en la forma de un documento cuneiforme, que en una de sus partes se lee: «Nabucodonosor, Rey de Babilonia, el piadoso príncipe nombrado por voluntad de Marduk, el más alto príncipe sacerdotal».

DE BABILONIA A ROMA

El vínculo entre los babilonios, los griegos y los romanos cuando se trata de la idea de «hombres como dioses» es un estudio fascinante de la transmisión de ideas entre las culturas. Cuando el Imperio Babilónico cayó en manos de los persas en el año 539 a.C., en un principio los nuevos gobernantes se mostraron tolerantes de la religión babilonia y de su sacerdocio caldeo, pero al final los sacerdotes frustraron a los persas cuando, en un intento por retener su poder político entre bambalinas, instalaron a uno de los suyos, a un sacerdote fingiendo ser el hermano del rey Esmerdis, como gobernante de Babilonia. El impostor fue descubierto y asesinado por los persas. Después de una revuelta, cuando los sacerdotes establecieron una vez más a su propio gobernante babilonio, el rey persa Jerjes vino y destruyó Babilonia en el año 487, derribó los templos y removió la estatua de Marduk.

Se piensa que en este punto, alrededor del año 480, los sacerdotes babilonios dejaron la ciudad y se reestablecieron en otro lugar. De acuerdo con una fuente, «los caldeos derrotados huyeron a Asia Menor y establecieron su escuela central en Pérgamo, donde habían llevado consigo el Paladión de Babilonia, o piedra cúbica. Allí, libres del control del Estado, perpetuaron los ritos de su religión» (William B. Barker, Lares and Penates: or, Cilicia and Its Governors, Ingram, Cooke and Co., Londres, 1853). Una vez establecidos en Pérgamo, los babilonios reestablecieron su religión de una manera un tanto natural. En un artículo sobre el dios Bel, también conocido como Marduk, el Anchor Bible Dictionary señala: «Es cierto que Bel-Marduk debe haber sufrido la degradación de ser derrotado por el enemigo, pero también es cierto que el conquistador persa manejó cortésmente las cuestiones religiosas de manera que Bel, aunque avergonzado por su impotencia en el debacle babilónico, sobrevivió y transmitió su legado al mundo helénico y romano». Y así sucesivamente, las antiguas formas se hicieron parte de otras culturas.

EL ROL DE PÉRGAMO

La historia temprana de la ciudad de Pérgamo es un tanto oscura. El historiador griego Jenofonte (EC 428–354 a.C.) menciona que en algún momento después del año 490 el despojado rey de Esparta, Demarato, se convirtió en un asesor de Jerjes. Señala, además, que los familiares del rey espartano recibieron tierras en Pérgamo, entre otros lugares, quizá en reconocimiento del servicio de Demarato a Jerjes. Pero la ciudad no tomó importancia sino hasta la conquista de Asia por Alejandro el Grande (334–323). Con el florecimiento de su Imperio Greco-Macedonio, Pérgamo se convirtió en un importante centro militar y político.

¿Acaso Alejandro quedó cautivado por el poder de la religión caldea? Una vez más de acuerdo con Barker, los caldeos en Pérgamo «intrigando con los griegos, maquinaron contra la paz del Imperio Persa. Presentaron a Alejandro como una encarnación divina y con ello hicieron tanto como los griegos con su habilidad para derrocar al poder persa» (énfasis añadido). Ése es un interesante indicio de que los caldeos no cesaron de tener influencia político-religiosa e inyectaron su presencia al siguiente imperio mundial. De una manera importante, y quizá por gratitud, Alejandro planeó restaurar la grandeza de Babilonia al intentar convertirla en su capital. Su muerte ocurrida allí en el año 323 a.C. a causa de la fiebre evitó la realización de su sueño, pero la idea de que un hombre podía convertirse en un dios fue transmitida a Alejandro y a sus sucesores por los sacerdotes babilónicos.

En los dos siglos siguientes Pérgamo aumentó su prestigio y alcanzó su cenit bajo la dinastía atálida. Atalo I concretó una alianza con Roma en el año 212 a.C. y con ello quedaron aseguradas por muchos años las fortunas de la ciudad, pero su descendiente Atalo III no tuvo herederos, por lo que legó la ciudad al Impero Romano antes de su muerte en el año 133.

Aparentemente, a lo largo del año 350 o en los años siguientes al establecimiento de Pérgamo, los descendientes del sacerdocio babilónico conservaron su papel en la vida religiosa de la ciudad, pero los especialistas en textos bíblicos indican además que los sacerdotes no hicieron de Pérgamo su hogar definitivo. Cuando la ciudad fue entregada a Roma buscaron un nuevo centro para el poder y se movieron a la península italiana. Dentro del Imperio Romano pagano y más tarde cristianizado pudieron continuar con algunas de sus antiguas prácticas caldeas.

«¿Fue éste uno de los puntos de entrada de la idea de “hombres como dioses”, apropiada por los romanos empezando por Julio César?»

¿Fue éste uno de los puntos de entrada de la idea de «hombres como dioses», apropiada por los romanos empezando por Julio César? ¿Y acaso la noción de que los hombres podían convertirse en mesías, utilizando los rituales religiosos y el poder de la supuesta divinidad, pudo haberse transmitido desde entonces a través de las civilizaciones? En la segunda parte continuaremos explorando la marcha de los mesías a lo largo del Impero Romano y más allá.