Primavera 2007

Historia

¡Mesías! Los Gobernantes y el Papel de la Religión, Parte 8

La Purga del Pueblo

David Hulme

Lenin rechazo la idea de creer en Dios, y el ateismo fue su religión de estado oficial; aunque el uso de la religión tradicional continuó jugando un papel importante para asegurar el apoyo popular. Stalin alentó  esto promoviendo la deificación  de Lenin para su propia ventaja, dándose el papel de sucesor escogido.


«Stalin es Jesús en la Última Cena, ocupando el lugar central de la perspectiva para enfatizar su omnisciencia. Detrás de su hombro, una fotografía de Juan el Bautista, en la encarnación de Lenin, cuelga de la pared mirando hacia abajo en la escena dándole su bendición a su heredero legítimo. El ungido está rodeado por sus discípulos, con su cabeza en reverencia».

Ésta es la descripción del autor, Deyan Sudjic (The Edifice Complex [La Edificación Compleja], 2005), de una pintura en exhibición en la ventana de un taller soviético más bien vacío durante la cúspide del mandato de Joseph Stalin. A primera vista, las imágenes religiosas parecen extrañamente inapropiadas para una nación atea; sin embargo, tal era la cínica manipulación del sentimiento religioso en lo que fue, posiblemente, uno de los regímenes con el mayor número de asesinatos en la historia de la humanidad.

El apellido Hitler es sinónimo de genocidio. Varios señalan que aprobó la exterminación sistemática de 11 millones de hombres, mujeres y niños inocentes en toda Europa, más de la mitad de los cuales eran judíos. Pero Stalin fue responsable de la muerte indiscriminada de casi el doble de ciudadanos soviéticos debido a una hambruna deliberada, el terror respaldado por el Estado y el exilio en los campos de trabajos forzados (el Gulag). Algunos han sentido que aunque Hitler y sus partidarios mostraron una brutalidad extrema, Stalin y sus bestiales seguidores les superaron.

Por más enfermizo que pueda ser este cálculo de su maldad, sólo brinda una somera explicación, pues compara a los psicópatas en los roles de liderazgo, pero no dice nada de las condiciones sociales bajo las cuales tales hombres adquirieron y mantuvieron el poder. Además, tampoco explica por qué personas comunes y corrientes compartieron su brutalidad carente de sentido. Aunque Hitler y Stalin estaban trastornados y eran profundamente malvados, fueron ayudados y secundados por masas de personas que se comportaban conforme a los deseos de sus líderes. Como hemos observado a lo largo de esta serie, no es posible ignorar la simbiosis del líder y del liderado al tratar de explicar la sed de sangre que caracteriza el mandato de muchos, si no es que de todos, los falsos mesías. Ni tampoco la explotación del fervor religioso jamás estuvo más alejada de la superficie conforme los líderes buscaban y conservaban a sus seguidores. Mussolini recurrió a elementos de la religión católica tradicional para crear su culto fascista y Hitler estaba muy consciente del poder de la religión para inducir lealtad para una causa. No fue diferente en la atea Unión Soviética durante la mayor parte del siglo pasado. 

EL HOMBRE DE ACERO

Iosif Vissarionovich Dzhugashvili nació en Georgia en 1878 (más tarde oficialmente enmendado a 1879). Fue hijo de una familia de campesinos: su padre era un zapatero semi-instruido y su madre, una lavandera. No fue sino hasta más tarde que adoptó el apellido Stalin (Hombre de Acero) y lo usó de manera consistente a partir de 1913 aproximadamente.

A pesar de su humilde origen, el joven Joseph obtuvo suficiente educación para ser admitido a los 15 años en el Seminario Teológico Tbilisi, pero la capacitación para el sacerdocio ortodoxo no congenió con sus crecientes inclinaciones políticas hacia el marxismo. A la edad de 20 fue expulsado o se dio de baja y comenzó a participar en actividades revolucionarias antizaristas, organizando protestas y huelgas, y robando bancos. Para 1912 ya se encontraba viviendo en San Petersburgo y era el editor del periódico doctrinal comunista, Pravda. Su arresto en 1913 culminó en el exilio al norte de Siberia, pero una liberación temprana llegaría con la Revolución de febrero de 1917.

Stalin regresó a San Petersburgo, cuyo nombre había sido cambiado a Petrogrado, y retomó su papel de editor en Pravda. El periodo que siguió a la Revolución de octubre de ese mismo año le colocó en una posición de mayor fuerza para avanzar en su carrera política. Durante la guerra civil de dos años (1918–1920) comenzó a destacarse como un eficaz administrador militar y su elección para el rol de secretario general del Partido Comunista en 1922 le brindó la oportunidad de ganar influencia con los miembros.

Para este tiempo el líder del partido se encontraba enfermo, pero Vladimir Lenin tenía poca confianza en su ambicioso secretario. De cualquier manera, a pesar de sus críticas en el lecho de muerte respecto a la personalidad de Stalin, Lenin no pudo evitar el aumento de su poder.

Stalin tenía un punto de vista muy diferente de Lenin. De acuerdo con el líder socialdemócrata de Georgia, Razhden Arsenidze, «idolatraba a Lenin, lo deificaba. Vivía conforme a los pensamientos de Lenin, le copiaba tan al pie de la letra que lo llamábamos en broma “el pie izquierdo de Lenin”».

¿Cómo fue que, de acuerdo con el biógrafo ruso, Edvard Radzinsky, el dictador soviético «encontró a su dios» en Lenin? ¿Quién fue este hombre a quien Stalin le debía tanto? 

EL PADRE DEL COMUNISMO RUSO

Vladimir Ilyich Ulyanov nació en 1870 en Simbirsk (luego llamado Ulyanovsk en su honor), aproximadamente a 900 km (casi 560 millas) al este de Moscú en el Río Volga. La ejecución de su hermano en 1887 por su participación en un complot para asesinar al Zar Alejandro III motivó la adhesión de Lenin a las causas revolucionarias. Como abogado practicante, al final se dedicó de lleno a los estudios y a la enseñanza de las teorías de Carlos Marx, principalmente a la clase obrera en San Petersburgo. La naturaleza subversiva de sus actividades le hizo fugitivo de la policía secreta, por lo que cambió su nombre a Lenin para evitar ser arrestado. Exiliado en Siberia en 1895 por sus actividades revolucionarias, dejó Rusia durante otros cinco años a su liberación en 1900. En una reunión en 1903 en Londres se convirtió en el dirigente de la nueva facción bolchevique (en ruso, «mayoría») del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia.

Fue alrededor de esta época que Stalin se convirtió en seguidor de Lenin y en un bolchevique. Lenin pasó poco tiempo en Rusia hasta 1917 cuando, ayudado por los alemanes, regresó de Suiza a través de Alemania y Suecia. Los alemanes esperaban que su presencia en Rusia desestabilizara a su enemigo de la Primera Guerra Mundial. Para noviembre de ese mismo año ya había logrado justo eso, derrocando al débil gobierno de Kérensky e instaurando el régimen soviético. Como presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, Lenin pronto se convirtió en un dictador. Stalin fue uno de los tres consejeros clave que le apoyaron. En poco tiempo la revolución proletaria ya se encontraba en pleno apogeo, con la nacionalización de la banca, el final de la propiedad privada de la tierra y su redistribución a los campesinos, el control de los obreros sobre la producción de las fábricas, la represión de la policía secreta y el ateísmo como el sistema oficial de creencias del Estado.

Aún así, como hemos visto con tanta frecuencia en esta serie, el uso de la religión tradicional jugó un papel importante para asegurar el apoyo popular. Después de un intento de asesinato en contra de Lenin en 1918, su imagen pública se vio infundida con imágenes religiosas verbales y visuales. La socióloga, Victoria Bonnell, señala que ahora el líder «se caracterizaba por tener las cualidades de un santo, un apóstol, un profeta, un mártir, un hombre con las cualidades de Cristo y un “líder por la gracia de Dios”». Los carteles mostraban a Lenin como un santo en el arte icónico ruso.

Los siguientes dos años fueron difíciles y vieron una guerra civil y una guerra con Polonia. Para 1922 los esfuerzos de Lenin habían afectado gravemente su salud. Dos infartos ese año fueron seguidos por un tercero en 1923 que le costó la habilidad para hablar. Su primer infarto no evitó sus críticas al trabajo de Stalin (e incluso pudo haberlas apresurado) como secretario general del partido y su recomendación para que fuera destituido del cargo.

La evaluación de la carrera política de Lenin no nos detendrá más aquí, pues fue lo que Stalin hizo con el culto a la personalidad ya existente de su ídolo lo que es significativo para nuestro objetivo.

LENIN COMO UN SALVADOR

Los aspectos de la estructura política, social y religiosa de la patria rusa aportaron muchas de las condiciones necesarias para el culto a Lenin. La historiadora, Nina Tumarkin, nos recuerda que «Así como la deificación de los gobernantes griegos y romanos se encontraba enraizada en viejas concepciones del poder y la divinidad y era estimulada por las necesidades actuales del Estado, así también los posteriores cultos revolucionarios fueron generados por los imperativos políticos y, al mismo tiempo, estuvieron basados en las formas y símbolos tradicionales existentes».

En el caso de Rusia, el linaje religioso incluye a descendientes directos de la Iglesia Ortodoxa Bizantina del Imperio Romano de Oriente. Luego de la caída de Constantinopla por los otomanos en 1453, algunos en Rusia consideraron a Moscú como la «Tercera Roma» y la heredera del manto de la Ortodoxia Oriental. Al parecer para confirmar la transmisión de derechos y responsabilidades, el Gran Duque de Moscú, Iván III (1462–1505), tomó por esposa a Sofía Paleologue, sobrina del último emperador romano de Oriente, Constantino XI. Además, en 1547, tratando de mantener el modelo imperial romano, el nieto del duque, Iván IV «el Terrible», se convirtió en el primer líder ruso en asumir el título de zar (derivado del latín caesar). Era un monarca que se consideraba secular, pero que también era un gobernante por derecho divino. La idea de que el zar era el representante de Dios en la tierra fue pronto comúnmente aceptada entre los campesinos y, como resultado, se transfirió fácilmente al líder del moderno Estado ateo.

La veneración de íconos y reliquias «sagradas» de la Iglesia Ortodoxa brindó un adecuado precedente para la subsiguiente adoración de la imagen y el cuerpo embalsamado de Lenin. El objetivo de la adoración era, por supuesto, que el vínculo emocional de los habitantes soviéticos con el líder se extendiera al partido que lo representaba. El que los cuerpos de los santos eran incorruptibles era una noción popular y una que sugería que el cuerpo embalsamado de Lenin sería un invaluable activo del país.

Al igual que con otros ejemplos en la historia de los cultos a la personalidad, la elevación de Lenin se hizo evidente mucho antes de su muerte. Una importante aportación provino del mismo bolcheviquismo. En sus primeros años el movimiento se encontraba ansioso por reemplazar la creencia tradicional con una nueva religión humanista, un esfuerzo conocido como «construcción de Dios». La fe marxista se centraría en el futuro físico del hombre. Anatoly Lunacharsky, el sedicente «poeta de la revolución» y un constructor de Dios, creía que la religión era fundamental para toda actividad benéfica del ser humano, y mejor aún si se trataba de la religión del socialismo científico, la cual prometía con dejes bíblicos «el desarrollo del espíritu humano en un “Todo Espíritu”». Se podía alcanzar la inmortalidad a través de la derrota científica de la muerte.

«Es una ironía de la historia que los constructores de Dios buscaran deificar el genio humano en la persona de Lenin, para quien toda religión era una anatema…».

Nina Tumarkin, Lenin Lives! 

Lenin rechazó la idea de construir un Dios sobre la base de que se trataba simplemente de otra religión fundamentada en la adoración a una deidad (y él era un apasionado en contra de los dioses de cualquier índole); sin embargo, irónicamente, fueron Lunacharsky y Leonid Krasin (otro constructor de Dios) quienes más tarde supervisarían el embalsamamiento de Lenin y la construcción de su mausoleo en la Plaza Roja de Moscú. Antes de eso, sin embargo, en los meses previos a la muerte de Lenin, Stalin aprovechó la oportunidad de promover personalmente el culto a su héroe. Al invitar a líderes, soldados y obreros de Nizhny Novgorod (luego conocido como Gorky por muchos años) a visitar y presentar sus últimos respetos y realizar promesas de continua lealtad a las ideas del agonizante hombre, Stalin se posicionó astutamente como un director de escena del culto en desarrollo. Como Radzinsky lo describe, Stalin «ideó una campaña propagandística sin precedentes que bien pudo denominarse “La partida del Mesías”».

Stalin sabía que la historia de Rusia demostraba su necesidad tanto de un dios como de un zar. «Así —explica Radzinsky—, decidió presentarle a un nuevo dios que tomó el lugar del derrocado por los bolcheviques. Un Mesías ateo, el Dios Lenin». Y aunque la viuda de Lenin, Nadezhda Krupskaya, se opuso a su deificación argumentando que el mismo Lenin lo hubiera objetado, Stalin estaba decidido a salirse con la suya, asegurándose de que ella fuera anulada por el Politburó.

DEIFICANDO AL MUERTO

El funeral de Lenin estuvo meticulosamente planeado. Su cuerpo arribó por tren y fue literalmente transportado por todo Moscú hasta la Sala de las Columnas. En una reunión conmemorativa el día anterior al funeral, la viuda de Lenin habló, al igual que diversas luminarias bolcheviques. Fue notable el discurso de Grigory Zinoviev, quien citó las cartas de dos obreros. Uno de ellos veía a Lenin como «nuestro querido padre… nuestro inolvidable padre, el padre del mundo entero», mientras que la otra estaba dirigida al gran líder que no podía engañar al pueblo: «Era imposible no creer en Lenin». La misiva concluía con un llamado: «Lenin, ¡vive! Sólo tú nos comprendes, nadie más». De acuerdo con Tumarkin, Zinoviev estaba mostrando a Lenin como «un profeta, un salvador». El discurso de Stalin fue común y corriente excepto porque intentó hablar por todos cuando declaró: «Te juramos, camarada Lenin, que daremos hasta la vida por fortalecer la unión de la población obrera de todo el mundo, ¡el comunista internacional!». Luego del elogio de Stalin vino el de Nikolai Bukharin, quien habló de Lenin como el gran timonel que había salvado a la embarcación del Estado. Era una imagen salvífica que más tarde se haría popular en el comunismo chino.

«Pedimos que se publique un libro, enteramente entendible para los campesinos, a cerca de la vida y obra de nuestro querido camarada Lenin y su legado, para que este libro sea nuestro reemplazo del evangelio».

Nina Tumarkin, Lenin Lives! (Cita de una carta escrita a los campesinos después de la muerte de Lenin)

Después de la ceremonia Stalin permaneció en vigilia toda la noche mientras los dolientes desfilaban por el cuerpo embalsamado a destiempo de Lenin. Las solicitudes para la postergación del funeral e incluso para que el cuerpo no fuera enterrado pudieron haber cuadrado en la mente de Stalin con una idea anterior que había concebido para establecer la continua presencia de Lenin. En cualquier caso, cuando el cuerpo comenzó a mostrar señales de descomposición alrededor de un mes después, se llamó a los científicos para que hicieran lo que parecía imposible en ese momento: embalsamar el cuerpo de tal manera que pudiera ser exhibido de manera permanente. Fue tal su éxito que Lenin el ateo se convirtió en una reliquia «sagrada» visible hasta la actualidad.

Pero el culto no se limitaba al mausoleo junto a la muralla del Kremlin. Tumarkin señala que «Los retratos y bustos estilizados de Lenin eran íconos [del culto], su biografía idealizada, su evangelio y el leninismo, sus escritos sagrados. Los “Rincones de Lenin” [o los “rincones rojos”] eran templos locales para la veneración del líder». Éstos ocuparon el lugar del altar tradicional en el hogar ortodoxo ruso. En otras palabras, el líder fue inmortalizado. De acuerdo con la Organización Sindical Soviética (All-Russian Soviet of Trade Unions), «saludable o enfermo, vivo o muerto… Lenin sigue siendo nuestro eterno líder». Esta situación condujo a una industria de peregrinaciones, pues miles de personas acudían a ver la reliquia. Fue como Stalin lo había planeado, pero aún había mucho más por venir. Radzinsky observa que «Stalin les había entregado a su Dios imperecedero. Ahora debía darles a un zar».

El comienzo de esa transformación llegó con el XIII Congreso del Partido en mayo de 1924, cuando la viuda de Lenin entregó su Testamento al Comité Central. Los miembros lo estudiaron y desestimaron sus críticas al Secretario General, Stalin. Simplemente decidieron que la mente de Lenin había quedado perturbada después de su primer infarto. Eso no era suficiente para Stalin. Sabiendo que sus compañeros lucharían entre sí en una competencia por el liderazgo, inteligentemente se ofreció a renunciar, después de todo, eso era lo que su ídolo hubiera deseado. Como él lo anticipó, debido a la implacable rivalidad de sus camaradas, fue reconfirmado. Esto preparó el escenario para su ascenso al poder casi total durante el resto de la década. 

COMBATIENDO LA RELIGIÓN PARA CONVERTIRSE EN DIOS

La destrucción de la religión tradicional formaba parte de la filosofía comunista. El epíteto marxista «la religión es el opio del pueblo» fue pronto promovido por toda la unión. Los sacerdotes fueron perseguidos, los monasterios cerrados. Siguiendo el ejemplo de Lenin, Stalin comenzó a alentar la demolición colectiva de las iglesias. Lo que planeaba en lugar del más grande edificio de Moscú, la Iglesia del Cristo Salvador, era un claro ejemplo: se convertiría en el Palacio de los Soviéticos, con todo y una enorme estatua del nuevo mesías: Lenin. Se alentaba a los niños a traer íconos religiosos tradicionales de su hogar y quemarlos en las hogueras. Se les enviaba a casa con carteles de reemplazo de su amado ex-líder.

«El cristianismo debía dar paso al comunismo y Lenin estaba por ser presentado a la sociedad como el nuevo Jesucristo».

Robert Service, Stalin

Por supuesto, nada de esto evitó que Stalin hiciera uso de las imágenes religiosas. Él era, después de todo, un antiguo seminarista.

Sus raíces religiosas salieron a relucir de varias maneras. En diciembre de 1929 Stalin celebró su auto-inventado quincuagésimo cumpleaños y lo combinó con la conmemoración de la muerte de Lenin. Su discurso de agradecimiento, dirigido «a todas las organizaciones y camaradas que me han felicitado», imitaban la humildad y el lenguaje bíblico: «Considero sus felicitaciones como dirigidas al gran Partido de la clase obrera que me dio a luz y me crió a su imagen y semejanza». Éstos eran ecos de Génesis 1, con el Partido como reemplazo para el Creador.

Y eso no fue todo. Al igual que los dioses de la antigüedad, los orígenes de Stalin eran espirituales. No fue concebido y nació de una mujer, sino del Partido abstracto. Desde una perspectiva psicológica, quizá era de esperarse. Aunque le escribía con regularidad a su madre, sólo la visitó dos veces en la década de 1920 y una vez en la década de 1930. Cuando ella falleció él sólo le envió una corona. En su última reunión en 1935 le preguntó por qué lo había golpeado tanto cuando era niño y ella le respondió que fue por eso que le había ido tan bien. Luego le preguntó: «Joseph, ¿qué eres ahora exactamente?», a lo que él contestó: «¿Te acuerdas del zar? Bueno, pues soy algo así como el zar». Ella le replicó: «Hubiera sido mejor que te hubieras hecho sacerdote». Radzinsky señala que Pravda reportó la reunión en términos de la Gran Madre y el Gran Líder, con imágenes y reminiscencias de la Virgen María.

Stalin adoptó el título de «Líder» (en ruso, vozhd) a finales de la década de 1920. Pronto se le aplicaría exclusivamente a él, como un «líder y maestro» en la tradición de Lenin. Al igual que otros Líderes de su tiempo, Mussolini el Duce y Hitler el Führer, prescindió del gobierno a través de medios supuestamente democráticos una vez que se presentó la oportunidad. Aunque había comenzado como parte de un triunvirato, a finales de su cuarto año en el poder «el Jefe» ya se encontraba bien avanzado en su camino a convertirse en un zar comunista, tras haber eliminado a los primeros camaradas de Lenin. Y con sus rivales inmediatos fuera de su camino había ganado suficiente terreno para preparar el mando para la divinidad. Ahora podía ocupar su lugar entre un triunvirato muy diferente. Como explica Radzinsky, «una Trinidad bolchevique, una divinidad trina, estaba emergiendo. Marx, Lenin y él mismo. Los dioses de la tierra».

Stalin se mostraba un tanto renuente acerca del culto a su propia personalidad, aunque se encontraba lo suficientemente feliz como para aceptar los beneficios una vez que se hacían evidentes. Al analizar la modestia superficial de Stalin, el biógrafo, Robert Service, se pregunta si fue una lección que aprendió de una fuente romana. «¿Acaso su interés en la carrera de Augusto, el primero de los emperadores romanos, habrá influido en él? Augusto nunca aceptó el título de rey a pesar de haberse convertido obviamente en el fundador de una monarquía dinástica».

«Mientras [Stalin] se convertía en zar decidió convertirse también en un dios».

Edvard Radzinsky, Stalin

El cambio de Stalin de promotor de Lenin como ser divino a promotor de sí mismo fue sutil. Primero se convirtió en el principal intérprete del pensamiento de Lenin. Luego fue su igual, apareciendo lado a lado con él en los carteles. Para mediados de la década de 1930, Vladimir Ilyich se había desvanecido al fondo de tales interpretaciones. Al final aparecía sólo como un nombre en la portada de un libro con la escritura de Stalin y el eslogan del nuevo partido declaraba «Stalin es el Lenin de hoy». A esto siguieron las imágenes icónicas de Stalin como una figura semejante a Cristo. Un poeta escribió en 1936, «Pero tú, oh Stalin, eres más sublime / Que los más elevados lugares de los cielos». Una carta escrita al presidente de menor rango se leía: «Usted es para mí como un dios-hombre y Stalin es dios». En la Exhibición Agrícola Soviética de 1939, donde dominaba el culto a Stalin, incluso había una estatua de concreto de 30 metros (100 pies) de altura que descollaba sobre las nubes.

Es importante señalar una vez más que esta evolución no fue obra únicamente de Stalin. Al igual que con todas las dictaduras modernas, el Líder estaba respaldado y era promovido por sus seguidores. En su estudio comparativo de Hitler y Stalin, el historiador, Richard Overy, observa que «Existe un acto de complicidad entre el gobernante que proyecta la imagen de héroe mítico y los seguidores que la santifican y confirman. El vínculo emocional creado por el acto une a ambas partes». Y, por supuesto, el apoyo no es sólo para el Líder personalmente, sino para todo lo que hace. Como escribe Service, «la Gran Purga [1937–38] requirió de estenógrafos, guardias, verdugos, limpiadores, torturadores, secretarios, ferrocarrileros, conductores de camiones e informantes». Así, muchas personas comunes y corrientes que antes se mostraban escépticas ante Stalin ahora se mostraban conformes. Un reciente análisis llevado a cabo por los especialistas de los diarios personales del periodo demuestra el nivel al que las personas llegaron a armonizar sus puntos de vista críticos con la política del estado. En su búsqueda de significado personal dentro del atroz flujo de su reciente historia como país, encontraron una explicación convincente para lo que su mente les decía que estaba mal. El historiador cultural, Jochen Hellbeck, muestra que bajo tales condiciones la gente racionalizará el terror, la crueldad, la privación ilegal de la libertad y las purgas de familiares y amigos para sentirse parte del sistema. La gente desea que su vida tenga significado y el proyecto comunista parecía brindarles eso: la humanidad se encontraba camino a la perfección socialista; el «nuevo hombre» se estaba formando. 

PODER, PUEBLOS Y PURGAS

Una vez que Stalin obtuvo suficiente poder comenzó a realizar«el Gran Cambio». Convencido de la máxima leninista de que el terror es un instrumento fundamental para legitimar al Estado, y con el asesino zar, Iván el Terrible, como su modelo, lanzó un ataque sobre aquellos agricultores y campesinos y sus familias (los kulakes) que se habían beneficiado bajo la Política de la Nueva Economía (1921–28).

En 1929 Stalin dejó claras sus intenciones cundo escribió acerca de «la liquidación de los kulak como clase». A partir de ese año fueron embarcados hacia áreas remotas, marginadas y congeladas en un vagón de ganado, y dejados allí por su cuenta. Su remoción, junto con la colectivización de la agricultura y la aceleración de la industrialización de Stalin, dejaron al campo desesperadamente escaso de comida. Esto llevó a horripilantes ejemplos de canibalismo y a la muerte por inanición de entre 5 y 8 millones de personas. Aún así Stalin se rehusaba a hablar del hambre considerándole una «agitación contrarrevolucionaria». En las ciudades había odio contra los hambrientos kulak que aparecían en sus alrededores como animales desesperados en busca de comida.

Al mismo tiempo, Stalin comenzó a realizar purgas políticas con la supuesta intención de proteger al experimento soviético de los «provocadores» imperialistas occidentales. Aprovechó la oportunidad de montar un espectáculo con los juicios de intelectuales, académicos, científicos y economistas, así como de sus oponentes políticos. Cuando su teniente, S.M. Kirov, fue asesinado en 1934, Stalin incluso purgó a muchos de los «Antiguos Bolcheviques», hombres con quienes había trabajado y gobernado.

A principios de 1937 la Gran Purga se extendió. El Politburó envió la orden a las autoridades locales de exterminar «a los elementos antisoviéticos más hostiles». De acuerdo con el historiador británico, Simon Sebag Montefiore, esto era sinónimo de «democidio», donde se ordenaba la muerte de todas las clases de personas por «cuotas industriales». Señala que «Esta solución definitiva fue una matanza que tuvo sentido en términos de la fe y el idealismo del bolchevismo, el cual era una religión basada en la destrucción sistemática de las clases».

La operación fue tan exitosa que las autoridades locales, con sus tribunales de tres personas, solicitaban cuotas más altas y las obtenían. En total alrededor de 760,000 personas fueron arrestadas y casi 400,000 fueron ejecutadas. Estos arrestos y asesinatos indiscriminados se vieron aumentados por el asesinato nacional y étnico, el arresto o la deportación de grandes números de polacos y alemanes, así como de búlgaros, macedonios, coreanos, kurdos, griegos, finlandeses, estonios, iraníes, letones, chinos y rumanos, alcanzando un total de arrestos de 1.5 millones de personas y la muerte de 700,000.

Stalin, la mente maestra detrás de toda esta apabullante muerte y destrucción, desapareció del ojo público mientras los asesinatos continuaban. Al mismo tiempo aprovechó la oportunidad de deshacerse de muchas personas cercanas a él. Montefiore señala que: «En año y medio, 5 de los 15 miembros del Politburó, 98 de los 139 miembros del Comité Central y 1,108 de los 1,966 delegados del XVII Congreso habían sido arrestados». Las esposas de los condenados fueron encarceladas y separadas de sus familias. Casi un millón de niños fueron privados no sólo de su padre, sino también de su madre, muchos hasta por 20 años. Ni siquiera la policía secreta ni el ejército eran inmunes, con un jefe tras otro enfrentándose al mismo destino: golpeados hasta confesar traiciones que jamás cometieron y balaceados bajo las órdenes del Jefe. Cualquiera que se encontrara bajo la sospecha de una posible deslealtad al Estado en caso de una guerra mundial se convertía en un objetivo.

Cuando Hitler invadió la Unión Soviética en 1941, Stalin quedó asombrado, pero se recuperó rápidamente y tomó cartas en el asunto. Su subsiguiente liderazgo en tiempos de guerra significó un incremento masivo en el sufrimiento y el número de muertes, aunque el terror interno se redujo. A pesar de la victoria de los Aliados sobre Alemania, más de 20 millones de personas murieron en la U.R.S.S., de las cuales 7 millones eran civiles. La disposición de Stalin a sacrificar a su pueblo no había cambiado; sin embargo, fue elegido Mariscal de la Unión Soviética (1943) y Generalísimo (1945).

A pesar de la matanza acontecida, su ascenso continuó. En la conclusión de una película soviética de 1949, The Fall of Berlin [La Caída de Berlín], Stalin llega por aire a la ciudad en ruinas. Vistiendo un reluciente uniforme blanco, el mesías es recibido por los felices ciudadanos del mundo cantando «Te seguimos a tiempos maravillosos, / Seguimos el camino de la victoria…». Sin embargo, pronto volvió su paranoia con respecto al occidente y sus enemigos imperialistas. Hubo más purgas, así como la persecución de sus más allegados.

La muerte de Stalin en marzo de 1953, después de una hemorragia cerebral, le convirtió aún más en objeto de adulación. Miles se arremolinaron junto a su cuerpo, que yacía solemne en el Salón de las Columnas. Embalsamado a la manera de Lenin, fue colocado junto a su antiguo ídolo en el mausoleo de la Plaza Roja. No fue sino hasta 1961, cinco años después del repudio público al culto a Stalin de Nikita Khrushchev, que se removió al desacreditado líder para ser enterrado cerca de la muralla del Kremlin. Había promovido el culto a Lenin en un esfuerzo por avanzar en su propia apoteosis, y lo logró por las tres décadas que le sucedieron, pero al final se le hizo caer, literalmente, hasta el suelo. Y el estalinismo quedó enterrado con él.

En cuanto al hombre cuyo crucial testamento quedó suprimido por Stalin, aún se encuentra en exhibición —un moribundo recordatorio de su falso sistema mesiánico. Una abrumadora maldad y brutalidad significaron que ni Lenin ni Stalin pudieron jamás brindar algo que siquiera se acercara a una utopía.

En nuestro próximo número, los falsos mesías de oriente en el siglo XX.