Ortodoxia: ¿Otra Herejía?

Lea El Código Da Vinci y encontrará que los herejes salieron perdiendo con los ortodoxos. Debido a que «los ganadores escriben la historia», se nos pide que creamos que la herejía gnóstica ha sido hecha a un lado injustamente durante los últimos dos milenios, y que la verdadera historia de un Jesús muy humano jamás ha sido contada.

Pero ¿quién decide cuál es una creencia ortodoxa y cuál es hereje?

Desde principios del siglo XX la forma en que se ha desarrollado la fe cristiana se ha entendido bajo los términos de la idea del historiador religioso alemán Adolf von Harnack respecto a que una iglesia ortodoxa surgió del interior del Nuevo Testamento, y que las herejías aparecieron más tarde para refutar el punto de vista establecido. Esta perspectiva sobre la historia de la iglesia fue aceptada como cierta hasta que Walter Bauer, un conciudadano de Harnack, la desafió en la década de 1930. Desde el punto de vista de Bauer había muchas otras ortodoxias tempranas (una heterodoxia). Señaló que con el tiempo se desarrollaron diferentes ideas en distintas áreas geográficas y que cada idea se consideraba ortodoxa en donde había surgido y sólo se le etiquetaba como herejía si entraba en conflicto con otras ideas establecidas (o herejías, dependiendo de su postura); sin embargo, el concepto de Bauer nunca obtuvo gran aceptación —es decir, nunca se volvió ortodoxa—.

No obstante, en los últimos años, estimulados por el descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto y los textos de Nag Hammadi, los historiadores de la iglesia han reanalizado la propuesta de Bauer y le han dado mayor crédito. Los Rollos del Mar Muerto ayudaron a echar abajo el concepto de una sola ortodoxia judía durante el periodo del Segundo Templo en los tiempos de Jesús. Entonces, razonaron los historiadores, quizás la idea de una ortodoxia cristiana original postulada por Harnack también debería ser cuestionada.

El punto de vista de Bauer proporcionó una forma útil de analizar a la iglesia en los primeros siglos, pero los enfoques de Harnack y de Bauer tenían un problema en común: cada uno suponía que algo llamado «ortodoxia» existía desde el principio.

Por extraño que pueda parecer, la ortodoxia, como se discute en la historia de la iglesia, no era una característica de la iglesia primitiva. Era ajena al mundo de Jesús y sus discípulos, así como de sus seguidores. ¿Cómo puede ser eso posible?

ORTODOXIA VS. «EL CAMINO»

El historiador de la iglesia primitiva W.H.C. Frend (1916–2005) dató el comienzo de la ortodoxia de la iglesia hasta el año 135 d.C. El término ortodoxia proviene del griego y significa literalmente «tener la opinión correcta», lo que indica un acuerdo intelectual. Requiere que una persona esté de acuerdo, no que se comporte en consecuencia. Para la religión, el resultado fue el desarrollo de credos —declaraciones autoritativas que deben memorizarse y emplearse como estrictas normas de fe por las cuales se podía establecer una cierta uniformidad—. Bajo este sistema, no importaba si una persona entendía o no los conceptos subyacentes. Debido a que la ortodoxia tiene que ver con el pensamiento y el conocimiento, más que con el comportamiento, concierne principalmente a la filosofía y relega el comportamiento a un segundo plano.

Por otro lado, en el mundo judío de Jesús y sus discípulos, la identificación con un grupo se establecía normalmente por el comportamiento basado en una unidad de creencias.

¿Qué definía, entonces, a los primeros seguidores de Jesús? Ellos creían que Jesús era el Mesías, que había resucitado de los muertos y que había invitado a las personas a seguir el camino que Él mismo siguió. Si lo hacían, se convertían en seguidores de «el Camino» de Dios. Parte de la obra de Juan el Bautista fue «prepara[r] el camino del Señor» (Lucas 1:76; 3:4), una reafirmación de una profecía escrita por Isaías (Isaías 40:3). «El Camino» era un modo de vida prescrito basado en las leyes y la revelación de Dios que se había transmitido a través de Moisés y los profetas.

El concepto de «el Camino» estaba bien establecido en la sociedad judía de la época de Juan y continúa así entre muchos judíos hasta el día de hoy. Cuando Jesús habló del camino ancho que lleva a la destrucción y del camino estrecho que lleva a la vida (Mateo 7:13–14), la gente sabía a lo que se refería. El término el Camino se encuentra en todos los relatos de los Evangelios, en el libro de Hechos y en diversas epístolas escritas por cuatro autores distintos.

Para los apóstoles y los primeros seguidores de Jesús, este Camino se convirtió en el rasgo distintivo de la iglesia primitiva. Eran seguidores del Camino, el cual estaba fundamentado en las Escrituras existentes. En el libro de Hechos, Lucas registra detalles de una reunión importante de los apóstoles y creyentes en Jerusalén para analizar la cuestión de si los seguidores gentiles debían ser circuncidados para convertirse en verdaderos seguidores del Camino. En una recapitulación de la asamblea, Jacobo declaró que «Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada día de reposo» (Hechos 15:21). Jacobo se refería a que los gentiles podían aprender los fundamentos del Camino en las sinagogas dispersas por todo el Imperio Romano. La iglesia primitiva tuvo sus orígenes en las sinagogas del mundo romano y entre los gentiles temerosos de Dios que estaban presentes.

El apóstol Pabló enseñó que las Escrituras Hebreas definen cómo se debe vivir. Al dirigirse a su ayudante Timoteo, señaló que esos escritos, unidos a la fe en Jesucristo, eran los medios a través de los cuales las personas podían obtener la salvación (2 Timoteo 3:15–16). Aunque algunos especialistas consideran que su carta es una obra posterior, escrita por un discípulo de Pablo quizá unos 30 años después de la ejecución del apóstol, ningún especialista reconocido rechaza la idea de que las Escrituras se referían a los escritos hebreos y arameos generalmente conocidos como Antiguo Testamento. En otras palabras, la carta está en harmonía con el resto del Nuevo Testamento al resaltar la dependencia de los primeros seguidores de Jesús en tales Escrituras. De acuerdo con la conclusión de los especialistas, tenemos el escenario de una comunidad paulina a finales del siglo primero que aún empleaba las Escrituras Hebreas como la base de sus enseñanzas, creencias y acciones.

El concepto de una comunidad «cristiana» existente hoy sin el Nuevo Testamento es incomprensible, pero ésa era la realidad de la iglesia primitiva. El Antiguo Testamento era la base de su conducta y comportamiento hacia Dios y su Hijo Jesucristo, así como para con los demás. La iglesia estaba definida por su comportamiento y éste demostraba sus creencias subyacentes, todas las cuales estaban firmemente establecidas en el Antiguo Testamento.

Sin embargo, conforme leemos a los escritores y apologistas a través de la historia de la iglesia, encontramos cada vez más reinterpretaciones y, como resultado, una dependencia cada vez menor en el Antiguo Testamento. Las Escrituras Hebreas se reinterpretaban para presentar a una iglesia progresivamente más gentil como el Israel de Dios. A esto se le conoce como la Teología de la Sustitución o Supersesionismo: la promoción de la iglesia gentil, dejando fuera a los descendientes de Jacob (Israel).

El hecho de que las Escrituras (Antiguo y Nuevo Testamentos) se relacionen tanto con los israelitas como con los gentiles (una característica del pensamiento hebraico) estaba más allá del entendimiento de la sociedad helénica, la cual tendía a ver el mundo en términos de «y / o». Debido a que consideraban que gran parte del Antiguo Testamento se relacionaba con la historia de los pueblos israelita y judío, era de poco interés para ellos. Ciertamente, las partes que hablan de la venida del Mesías podían utilizarse como textos de evidencia, pero, aparte de eso, había pocas razones para emplear las Escrituras Hebreas, así que se enfocaron en el estudio del Nuevo Testamento, con lo que la apreciación de la interrelación de lo «Antiguo» y lo «Nuevo» se volvió cada vez más y más limitada. Así, la ortodoxia quedó definida en términos del Nuevo Testamento. Paradójicamente —aunque quizá era algo predecible—, se ignoró incluso el contexto judío de quienes escribieron sus libros.

DE HEREJÍAS BUENAS A HEREJÍAS MALAS

Si el concepto de ortodoxia era ajeno a los escritores del Nuevo Testamento, ¿qué hay respecto a la herejía?

Los mismos judíos definían a sus diversas sectas como herejes (del griego hairesis). En el siglo primero éste no era un término negativo. Josefo, un historiador judío de ese siglo, se refiere a los saduceos, fariseos y esenios como las herejías de los judíos (Sobre la antigüedad de los judíos, 13.171). Lucas, en el libro de Hechos, señala que los seguidores de Cristo eran vistos como otra herejía, conocida en aquella época como «la secta de los nazarenos» (del griego Nazaoraios) (Hechos 24:5). Así, en el siglo primero, el término herejía definía las enseñanzas de una escuela en particular. El término se había empleado de esa forma en el mundo de habla griega desde tiempos de Platón.

En el Nuevo Testamento, los seguidores de Cristo se ajustaban claramente al entorno judío del siglo primero, lo cual no significa que todos estaban de acuerdo con ellos. Obviamente los apóstoles tenían oponentes que buscaban subvertir sus enseñanzas. Ése era un reto que debían encarar y es una característica de sus escritos en las Epístolas; sin embargo, dentro de su contexto judío del siglo primero, los seguidores de Jesús eran vistos como que establecían otra enseñanza o «herejía».

No obstante, si avanzamos rápidamente hasta finales del siglo dos, encontramos que el término herejía había adquirido un nuevo significado (el de falsa enseñanza) y se utilizaba para describir a quienes enseñaban algo contrario al entendimiento «ortodoxo» emergente.

Así, el concepto de herejía que empleamos hoy, es en gran medida —al igual que la ortodoxia— un desarrollo del siglo dos.

Empero, el concepto de ortodoxia cristiana no se estableció por completo sino hasta después del Concilio de Nicea celebrado en el año 325. Convocado por Constantino para resolver diferencias dentro de la iglesia, no logró alcanzar ese objetivo simplemente debido a que, con algunas pocas excepciones, el clero del impero Oriental fue el único que asistió. Es por ello que las decisiones del concilio no representaron a la comunidad entera y fueron refutadas durante muchos años antes de que comenzara a prevalecer un sentido de conformidad intelectual que pudiera denominarse ortodoxia. Lo que queda claro de la declaración de Constantino a los reunidos para el concilio es que, al menos en parte, la motivación para establecer una ortodoxia era un deseo de asegurar una identidad independiente de los judíos.

El especialista anglicano Rowan Williams, actual Arzobispo de Canterbury, reconoce la validez de esta perspectiva general. Escribió: «La herejía es la precondición necesaria para la ortodoxia, aunque la ortodoxia podría ser tanto como una metamorfosis (o pseudomorfosis) de la idea religiosa fundacional como una herejía» (The Making of Orthodoxy [La Formación de Ortodoxia], 1989).

Karen L. King describe el desarrollo histórico del cristianismo recordándonos el cuento infantil de «Ricitos de Oro»: demasiado, demasiado poco, y justo lo necesario. El cristianismo judío era demasiado judío, el cristianismo gnóstico no era lo suficientemente judío y el cristianismo ortodoxo era justo lo necesario (The Gospel of Mary of Magdala [El Evangelio de María de Magdala], 2003).

La conclusión ineludible es que hoy empleamos los términos heredados del siglo dos herejía y ortodoxia gracias a grupos que hace siglos buscaban distanciarse del Antiguo Testamento.

En una entrevista reciente para el New York Times, Jacob Neusner, un prolífico autor sobre el judaísmo, señaló que los cristianos debían terminar por llegar a un acuerdo con esa fe. «Si los cristianos llevan las Escrituras Hebreas a su altura, encontrarán que el judaísmo expresa esos imperativos, los mandamientos del Antiguo Testamento, de una forma en que el cristianismo no puede hacerlo», señaló.

Neusner tiene un punto válido. Lo que tenemos hoy, debido al desarrollo de la ortodoxia, es una iglesia mundial con la cual no se identificarían los apóstoles y en la que no se sentirían cómodos. En realidad, esa ortodoxia es todavía otra herejía.