Primavera 2007

Cultura y Sociedad

…y vivieron tecnológicamente para siempre

David F. Lloyd

Con su rápido avance, ¿la tecnología será nuestra salvación o nuestra destrucción?

Nos encontramos en la cima de una revolución tecnobiológica que promete (o amenaza, dependiendo del punto de vista) transformar lo que hacemos, cómo lo hacemos e incluso lo que somos. Pareciera que mediante nuestras proezas tecnológicas nos estamos transformando en una nueva especie. Los pronósticos más acertados de los expertos son alarmantes y controvertidos aunque, si están en lo correcto, pronto cambiará para siempre lo que significa ser humano —debido en parte, de acuerdo con algunos pensadores vanguardistas, a que la tecnología está a punto de desafiar la noción de la mortalidad.

Las innovaciones comparativamente recientes han transformado por completo la forma en que la mayoría de nosotros vivimos en el mundo occidental: el automóvil, el aeroplano, el teléfono; luego la computadora personal, la Internet, la robótica y las sofisticadas intervenciones médicas, sólo por nombrar algunos ejemplos. Esto pudo haberse tratado de ciencia ficción —o magia negra— para nuestros antepasados si ellos de algún modo hubieran vislumbrado lo que el futuro aguardaba para nuestros días. Pero el ritmo del cambio pronto se acelerará de manera casi inimaginable y nos afectará aún más.

«En las próximas décadas tendremos la oportunidad de implementar ideas para resolver problemas antiquísimos… y de paso presentar algunos problemas nuevos».

Ray Kurzweil, The Singularity Is Near

TRASCENDENCIA TECNOLÓGICA

El inventor y futurólogo estadounidense, Ray Kurzweil, sostiene que los humanos están a punto de trascender su biología. Les recuerda a sus lectores que él ya había previsto la naturaleza de la vida humana «más allá del punto en que se confunden la cognición de las máquinas y el ser humano» en su libro La era de las Máquinas Espirituales, publicado en 1998.

En su publicación más reciente hace mucho hincapié en que los expertos de varias disciplinas utilizan cálculos lineales cuando estiman en dónde estaremos dentro de 50 años; esto significa que basan el índice de cambio proyectado para los próximos 50 años en los últimos 50 años. Sin embargo, señala que el progreso tecnológico se está acelerando exponencialmente: «No experimentaremos cien años de avance tecnológico en el siglo XXI, sino que seremos testigos de alrededor de 20,000 años de progreso» (The Singularity Is Near [La Singularidad está cerca], 2005). Para dar solidez a su argumento afirma que sus predicciones para la última década del siglo pasado y la primera del siglo XXI han demostrado ser razonablemente precisas.

Lo que es más, Kurzweil argumenta que el índice de crecimiento exponencial de hoy es, en sí mismo, exponencial —algo que llama «crecimiento doblemente exponencial». Cree que las últimas dos de las seis eras de la evolución yacen frente a nosotros. La quinta e inminente era marcará la fusión de la tecnología con la inteligencia humana. Kurzweil asegura que el crecimiento del conocimiento, el poder de procesamiento de las computadoras y la inteligencia de éstas serán tan inmensos que la inteligencia humana sin mejoras se volverá obsoleta en su esencia. Así mismo, cita de nuevo una conocida línea de un ensayo escrito en 1965 por el estadístico inglés, Irving John Good: «la primera máquina ultrainteligente es el último invento que el hombre necesita crear». Resulta interesante que, como muchos otros que citan esta provocativa declaración, Kurzweil omite la segunda parte de la misma: «siempre y cuando la máquina sea lo suficientemente dócil como para decirnos cómo mantenerla bajo control». Como el propio Good continúa diciendo, «es curioso cómo rara vez se señala esto fuera de la ciencia ficción».

«A finales de este siglo la porción no biológica de nuestra inteligencia será billones de billones de veces más poderosa que la inteligencia humana sin ayuda».

Ray Kurzweil, The Singularity Is Near

Sin embargo, aunque Good describió su ensayo como «especulativo», Kurzweil está mucho más seguro de sus propios pronósticos, pues cree que existirán modelos efectivos de software de inteligencia humana en una fecha tan cercana como lo es la década de 2020. Junto con otros nos habla de «singularidad», en donde el índice de progreso tecnológico alcanza “«a etapa vertical del crecimiento exponencial», o una velocidad infinita.

La sexta y última era de Kurzweil será el día en que la materia y la energía en el universo «se saturen de procesos inteligentes y conocimiento» y «el universo se despierte», con lo cual se refiere a cuando la humanidad (o en lo que se haya convertido para entonces) ya no estará restringida por límites físicos ni mortales. Aunque tal pronóstico pudiera parecer exagerado, cita numerosos modelos matemáticos y estadísticos y asimismo examina la investigación de expertos respecto a la aceleración del conocimiento y la informática, y particularmente la capacidad de procesamiento de esta última, la cual es una de sus especialidades.

En comparación con la capacidad de cómputo presente y próxima, el cerebro humano realiza algunas funciones de manera excepcional, mientras que otras, de manera deficiente. Es increíblemente impresionante para realizar un procesamiento paralelo al tomar y descifrar muchos puntos de información al mismo tiempo: Kurzweil menciona investigaciones que indican el rendimiento de la retina, la cual, por sí sola, realiza alrededor de 10 millones de detecciones de movimiento por segundo; sin embargo, no es tan buena en términos de capacidad de procesamiento, velocidad o precisión puras. El procesamiento a nivel molecular y en tres dimensiones parece ser el próximo cambio de paradigmas en la capacidad de cómputo y, en realidad, ya se encuentra bien avanzado en la etapa de desarrollo. Conforme las máquinas y las computadoras sobrepasan cada vez más nuestras debilidades, es sólo cuestión de tiempo antes de que invadan áreas que ahora consideramos territorios exclusivos del ser humano, incluyendo algunas de las sutilezas de la inteligencia. De hecho, Kurzweil afirma que debemos esperar ver revoluciones simultáneas en genética, nanotecnología y robótica en una fecha tan cercana como la primera mitad de este siglo.

Anticipándose a los espectaculares cambios que predicen, algunos científicos, futurólogos e inversionistas —incluyendo a Kurzweil— se esfuerzan y gastan fuertes sumas de dinero en la búsqueda de una oportunidad para seguir con vida hasta que asciendan, sobre la cresta de la inmensa ola que es la tecnología cada vez más veloz, a alguna forma de inmortalidad.

MENTES DEL FUTURO: ¿MÁS SERÁ IGUAL A MENOS?

Aunque se muestra escéptica en cuanto a que las habilidades superiores de las computadoras resultarán en un intelecto superior, la Baronesa Susan Greenfield, una sobresaliente neurocientífica y profesora de farmacología en la Universidad de Oxford, pregunta cuán impertinente se volverá la informática. Las nuevas tecnologías quizás «tengan el efecto de ponernos en un estado pasivo y cargado de sensibilidad en el cual nuestro cerebro personalizado —nuestra mente— se vuelva menos relevante» (Tomorrow’s People [La Gente del Mañana], 2003).

En su opinión, «la invasión de la informática y la influencia del mundo virtual significarán que, para bien o para mal, usted nunca se había encontrado tan solo. Y conforme se derrumban las fronteras entre usted y el mundo exterior, entre usted y sus deseos, es posible que usted mismo se convierta en un fenómeno de menor claridad». La baronesa señala que en este mundo del futuro «ya no tendremos pensamientos privados; en lugar de eso podríamos ser ciertamente parte de una red más grande, un simple nodo en el sistema de pensamiento consciente que va más allá de una mente individual».

Además, afirma, queda la cuestión de la reducida interacción social. Las personas son criaturas sociales, pero al mismo tiempo que la familia se convierte en una institución alterada con varias alternativas al modelo tradicional esposos-hijos, somos testigos de nuevas oportunidades para las relaciones virtuales y de fantasía. En vista de estas «realidades» podríamos preguntarnos si la gente perderá algo de lo que ahora significa ser humano.

«Conscientes o no, los sistemas artificiales están a punto de volverse mucho más interactivos y personalizados y, como tales, cambiarán significativamente nuestra vida».

Susan Greenfield, Tomorrow’s People

Greenfield está inquietamente consciente de cuán inconveniente puede ser el efecto del avance de la tecnología en nuestra humanidad. Afirma que las predicciones de quienes creen que en este siglo las máquinas eclipsarán a la humanidad «no sólo en las habilidades mentales básicas sino también como ciudadanos de mente abierta y pensamiento profundo», son casi una realidad. Como Kurzweil, cuestiona si seguirá vigente la amplia distinción entre los sistemas de silicio (artificiales) y los de carbono (biológicos). Sin embargo, a diferencia de éste, ella no se muestra entusiasmada acerca de la fusión del cerebro humano con las máquinas. Considera que la «cohesión entre el cerebro y el cuerpo» en las personas es «un factor esencial de la consciencia» y que le gustaría que se comprendiera mejor esta cohesión antes de que se coloquen sistemas de inteligencia artificial dentro de nuestro cuerpo «convirtiéndonos realmente en organismos cibernéticos». Como lo indican los informes recientes de Japón y otras regiones, la ingeniería robótica ha avanzado a un punto en el cual se está difuminando peligrosamente lo que es real y lo que es virtual.

Los científicos y los futurólogos que miden el pulso de la tecnología parecen estar de acuerdo en que cuando las computadoras alcancen cierto nivel serán capaces de evolucionar de manera artificial y se ocuparán de algunos aspectos de la administración del planeta. Así como Greenfield nos lo recuerda, Stephen Hawking ha llegado incluso a advertirnos que los humanos debemos cambiar nuestro ADN y desarrollar conexiones entre el cerebro y las computadoras tan rápido como sea posible para evitar encontrarnos en oposición a una inteligencia artificial mucho más inteligente y capaz.

También existe una clara posibilidad de que, como siempre sucede en la historia humana, existan quienes tienen y quienes no o, en este caso, los «mejorados» y los «naturales». Quienes pueden aprovechar las oportunidades para mejorar o ampliar su vida ya lo están haciendo. Así que cuando la tecnología permita aumentar la capacidad cerebral o la inteligencia natural de una persona, sin duda ya habrá un mercado listo y aguardando. El margen de oportunidad estará, por supuesto, a favor de aquellos individuos más acaudalados que puedan pagar tal mejora y el resultado será el aumento de la ya de por sí problemática división entre las personas y entre las naciones.

Y existen escenarios todavía más obscuros y negativos. Por ejemplo, ¿que tal si una futura crisis energética lleva a la humanidad al borde de la destrucción, donde la lucha por la supervivencia nos conduzca a un nuevo oscurantismo en donde se desintegre nuestra frágil red tecnológica? O, como un escritor científico dijo alguna vez, ¿qué tal si ocurre «una colisión en el camino hacia la singularidad»? ¿Dónde dejaría eso a la raza humana?

AL BORDE DEL PRECIPICIO

Como hemos visto, la condición de Good de 1965 para la existencia de un mundo inofensivo impulsado por la inteligencia artificial era la esperanza de que «la máquina sea lo suficientemente dócil como para decirnos cómo mantenerla bajo control». No obstante, si la máquina se rebelara, sería otra la historia. Una guerra contra una inteligencia artificial corrompida sería una terrible situación. Y desde una perspectiva bíblica, concordaría con un escenario descrito en el siglo primero. Al reconocer que la ingenuidad humana equivocada terminaría por llevarnos al peor de los problemas, el Nuevo Testamento predice «…gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo» (Mateo 24:21-22). Éstas son las palabras registradas de Jesús de Nazaret, quien advirtió que los humanos llevarían a las especies al borde de la aniquilación. De acuerdo con estas palabras, si no fuera por la intervención de Dios, la última «era» de nuestra «evolución» no sería la inmortalidad, sino que, de hecho, sería la destrucción por nuestra propia mano.

El propósito de tales advertencias no es asustarnos con terribles visiones apocalípticas para que el terror nos conduzca a una «salvación» egoísta. Al contrario, en los versículos siguientes se nos alienta a «velar» (gregoreuo en griego; consulte Mateo 24:36–44; 25:1–13) en un mundo así, cuyo significado es «prestar atención, no sea que a través de la remisión y la indolencia nos supere cierta calamidad destructiva» o, metafóricamente, «prestar toda la atención, ser cautelosos, estar alerta» (basado en el Lexicón de Strong).

Estas citas bíblicas nos alientan a reconocer que el comportamiento humano terminará por conducir a la humanidad al borde del precipicio. También nos invitan a enfocarnos en nuestra propia responsabilidad al igual que en nuestro comportamiento moral y ético a fin de que se nos pueda rescatar de una destrucción que, de otra manera, anegaría por siempre a la humanidad.