Otoño 2016

Mensaje del Editor

Reflexiones

El mensaje de Mussolini

David Hulme

Cuando hace poco leí en el sitio web de la BBC News un documento publicitado recientemente en el que se elogia a Benito Mussolini y el surgimiento de su movimiento fascista, no me sorprendió. Lo que me resultó inusual es que esté escrito en latín y enterrado, inaccesible, en la base de un obelisco romano todavía en pie erigido en 1932 como parte del complejo deportivo Foro Mussolini. El mensaje de 1200 palabras escrito en un pergamino por el erudito clásico italiano Aurelio G. Amatucci (1867–1960), fue reconstituido recientemente a partir de fuentes documentales poco conocidas por dos eruditos contemporáneos, Han Lamers y Bettina Reitz-Joosse.

El contenido del documento no me sorprendió porque, tras varios años de estudiar y escribir sobre el dictador fascista, era claro que coincidía a la perfección con este hombre según aparentemente él se veía, el regalo de Dios a la gente de Italia a principios del siglo XX. Hace algunos años recorrí el Foro con el eminente erudito en fascismo Emilio Gentile y oí todo sobre los delirios de grandeza del dictador. El profesor confirmó lo que yo había escrito en una serie acerca de falsos mesías de la historia y el papel que la religión y sus símbolos han desempeñado en el establecimiento de hombres como Mussolini, incluso legitimándolos a ojos del público.

Con respecto al documento latino, Lamers dijo a la BBC que «el texto presenta a Mussolini como un tipo de nuevo emperador romano, pero también, mediante el uso de lenguaje bíblico, como el salvador del pueblo italiano». El libro de los eruditos trata en mayor detalle acerca de la usurpación de las Escrituras tocantes a Cristo y su aplicación a Mussolini de tal modo que se convirtió de manera muy directa en un falso mesías. Estos autores dicen que según Amatucci, «Mussolini… había recuperado “para los italianos aquella Italia que los antiguos romanos habían convertido en la luz del mundo entero”». Además —recalcan— «el tema está conectado con la recurrente imagen del “Duce” como “portador de luz”. Esas metáforas en relación con la luz sirven para sugerir la sustitución del mesías cristiano por su contraparte terrenal fascista: “Il Duce” (El Líder) asume el rol de Cristo como moderna “luz del mundo” (véase Lucas 2:32; Juan 8:12), en tanto que el fascismo toma el lugar del cristianismo como fuerza iluminadora del mundo».

 

«En el Codex se proyecta claramente a Mussolini como una figura mesiánica terrenal»

Han Lamers y Bettina Reitz-Joosse, The Codex Fori Mussolini: A Latin Text of Italian Fascism

La idea de crear en Vision una serie sobre falsos mesías surgió a raíz del hecho de que Cristo mismo había mencionado la llegada de tales personas después de su partida. Según lo presentan los citados eruditos, el texto latino enterrado es un sorprendente elemento de prueba de que Mussolini cumplió las palabras de advertencia de Jesús acerca de impostores que vendrían en su nombre. Cuando Jesús dijo a sus discípulos que  «vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán» (Mateo 24:5), no se refería a que dirían que él, Jesús, es el Cristo. Aunque algunas traducciones antiguas de la Biblia omiten las comillas, la construcción del texto griego indica que «Yo soy el Cristo» es, de hecho, una cita directa; Jesús estaba poniendo estas palabras en las bocas de quienes, en algún momento futuro, se pondrían a sí mismos en el rol de Cristo y se autoproclamarían salvadores, especialmente ungidos para la ocasión. Muchos impostores tales hubo a lo largo de los siglos y engañaron a muchos. Aunque no faltaron quienes pensaban que eran el Mesías o el Cristo en sentido puramente religioso —y engañaron a algunos— estos no engañaron a la mayoría. Muchos más han sido engañados por los tipos de salvadores motivados políticamente que usaron la trampa de la religión para popularizarse.

El académico británico John Whittam ha notado que «Mussolini estaba dispuesto a usar muchos de los símbolos y rituales del catolicismo romano; una de sus primeras medidas como primer ministro fue restablecer el crucifijo en todas las aulas»; pero lo que Mussolini realmente buscaba era presentar a los creyentes su nueva religión centrada en «Il Duce», diseñada para los nuevos hombres y mujeres fascistas.

Y por un tiempo tuvo éxito, incluso en el mundo no fascista. El gobierno de los Estados Unidos, por ejemplo, estuvo dispuesto a apoyar su régimen por muchos años porque se pensaba que el fascismo era mejor para el futuro de Italia que la izquierda radical. Según el profesor de historia Adam Tooze escribiera en New York Review of Books, «tanto el presidente Hoover como el presidente Roosevelt expresaron su aprobación con respecto al régimen de Mussolini». Y en todo caso, fueron los funcionarios bancarios estadounidenses quienes, ansiosos de fomentar el orden económico tras la Primera Guerra Mundial, movieron los hilos a favor de ellos. En cuanto se produjo la Gran Depresión y en consecuencia Mussolini decidió que necesitaba un imperio y atacó a Abisinia, su suerte fue sellada. Al aliarse a Adolfo Hitler —otro falso mesías— sus amigos financieros pronto se convirtieron en sus enemigos.

Mientras que a lo largo de los siglos los políticos y protagonistas difirieron, los falsos mesías han tratado de hacer la misma cosa vez tras vez, solo para fracasar de manera ignominiosa y muy destructiva, arruinando naciones, familias y tierras, incluso las propias. Esto es exactamente lo que Cristo advirtió a sus discípulos. Hombres tales constituirían una característica de la sociedad humana de tanto en tanto hasta el día en que el verdadero Cristo vuelva para tomar las riendas de su gobierno divino en la Tierra.