Verano 2017

Cultura y Sociedad

Reventando las burbujas posverdad

Daniel Tompsett

¿Es más probable persuadir a la gente mediante hechos objetivos o mediante opiniones emotivas? ¿Responden más positivamente a una dura y sosa verdad o a una apetecible mentira? Bienvenido… bienvenida… a la era posterior a la verdad.

En su discurso de despedida a los EE.UU. tras ocho años en la Casa Blanca, Barack Obama señaló: «Cada vez más, nos sentimos tan seguros en nuestras burbujas, que empezamos a aceptar solo información que —sea o no veraz— se ajuste a nuestras opiniones, en vez de basar nuestras opiniones en la evidencia presente». Hablando de la amenaza que representa una sociedad cada vez más fragmentada, el presidente saliente sugirió que «para demasiados de nosotros, se está volviendo más seguro refugiarnos en nuestras propias burbujas, sean nuestros vecindarios, recintos universitarios o lugares de culto, o especialmente nuestras redes sociales, rodeados de gente parecida a nosotros y que comparte la misma perspectiva política y nunca desafía nuestras conjeturas».

La observación y advertencia de Obama forma una interesante yuxtaposición con el discurso inaugural de otro presidente de los EE.UU., John F. Kennedy, quien en 1961 dijera su famosa frase: «No se pregunte qué puede el país hacer por usted; pregúntese qué puede hacer usted por su país». Sus palabras reflejaban la sensación de que la función de los políticos era fomentar el servicio altruista en los ciudadanos y alejarlos de la estrechez de miras de esperar del estado. ¿Podemos siquiera imaginar a nuestros dirigentes de hoy haciendo un llamado así al electorado?

¿Qué ha cambiado tan radicalmente que la gente está cayendo cada vez más en burbujas de autocomplacencia y autoafirmación? En tanto que esta asiente al eco de la posverdad dentro de esas burbujas, parece claro que cualquier sentido de verdad indómita o del deber de seguirla está bajo seria amenaza.

Una nueva Ilustración

En el modelo de la Ilustración del siglo XVIII, la razón era el fundamento supremo de autoridad y legitimidad. De este surgió una fuente de ideas: libertad, tolerancia, progreso, gobierno constitucional, la separación entre la iglesia y el estado. Según la antigua idea de gobernantes divinamente designados, estar en desacuerdo con el monarca era estar en desacuerdo con Dios. En la Ilustración, las monarquías todopoderosas fueron dejadas de lado (a veces, mediante sangrientas revoluciones), a favor de gobiernos por y para el pueblo. Pero —según el filósofo inglés John Locke (1632-1704)— también habría que limitar a estos gobiernos: en conformidad con el principio de contrato social, la conciencia del individuo debe permanecer más allá del poder controlador del gobierno.

Los comentarios de Obama apuntan al advenimiento de lo que se podría llamar una nueva «Ilustración», o —al menos— una enmienda a los antiguos principios de la Ilustración. La nueva versión renuncia a la idea de la verdad racional y en vez de ella se dispone a aceptar una apetecible posverdad.

Pero, ¿no es esta posverdad sinónimo de la mentira? Bueno, sí y no. Ciertamente, la mentira tiene una larga y triste historia que se remonta al Jardín del Edén. A todo lo largo del tiempo y en todos los ámbitos de la vida la gente ha mentido; la diferencia está en nuestra mayor disposición en aceptar esas mentiras hoy. Se trata de un cambio en nosotros y de nuestro repliegue hacia ámbitos fragmentados reconfortantes de ideas y opiniones atrayentes, al margen de su base en la verdad. La nueva Ilustración procede de gente mayormente propensa a conectarse con una afirmación cargada de emoción que se ajuste a sus opiniones preexistentes que moldear sus opiniones conforme a la realidad.

«Posverdad: Relativo a o denotando circunstancias en las que hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que apelar a la emoción y las creencias personales».

Oxford Dictionaries (2016)

Abundan los ejemplos recientes, con creciente evidencia de que la gente está cada vez más indiferente a los hechos sin emociones. En el Reino Unido, se tiene la sensación de que el referéndum por la permanencia —previo al referéndum de 2016 de dejar la Unión Europea— se hundió bajo su propio peso de hechos, cediendo la victoria a la retórica simple y emocional de los «salientes». Análogamente, la esperada victoria arrasadora del partido conservador en las elecciones generales de 2017 no se materializó. A menudo se cita —como momento decisivo en la campaña— cierta entrevista televisiva de la cadena BBC, durante la cual se preguntó a la actual primera ministra Theresa May acerca de enfermeras que tenían que recurrir a bancos de alimentos para poder subsistir. Debido a que esta respondió en términos de «muchas complejas razones», antes que con algo de empatía o compasión aparentes, algunos la catalogaron como emocionalmente distante, y esto claramente obró en su contra.

En vísperas de la elección presidencial de EE.UU. en 2016, los analistas se preguntaban cuán elegible sería el controversial Donald Trump. Pero aparentemente, su tono populista y sentido sin rodeos sumado a su peculiar tipo de empatía hallaron eco en los votantes. Su hablar con franqueza, no necesariamente con la verdad, cobró un nuevo significado mientras los votantes de ambos lados parecían pesar la retórica emocional por encima de los hechos empíricos.  El modelo para este planteamiento posverdad se cristalizó cuando uno de los principales colaboradores de Trump habló de «hechos alternativos» como si una serie de «hechos» opuestos, cuidadosamente seleccionados, fueran igualmente verídicos. En el clima de la nueva Ilustración, uno es libre de elegir de una tienda de dulces las golosinas que satisfarán sus propias necesidades emocionales, sin tener que evaluar primero la calidad de lo que consume. Los que procuran el poder están cada vez más conscientes de esto y, al parecer, dispuestos a moldear los hechos para adaptarse al electorado. La transición constituye una nueva epistemología o nuevas maneras en las que la gente determina qué es verdad. En muchos sentidos la nueva Ilustración es la conclusión lógica de la reducción posmodernista de la verdad, así que se convirtió en parte del guion: la aparente evaporación de la verdad en un nexo de relativismo.

Pero, ¿por qué la gente parece ya no valorar la verdad?

El colapso de la confianza

En el ámbito político, la confianza siempre ha sido frágil y propensa a colapsar. Con todo, a raíz de la crisis financiera de 2008, una nueva brecha parece haberse abierto en la que los últimos vestigios de confianza desaparecieron. Cuando la burbuja basada en el endeudamiento finalmente estalló, instituciones financieras gigantescas fueron apuntaladas con el dinero de los contribuyentes para permitir al sistema seguir obteniendo ganancias. En el Reino Unido, siguió al colapso el escándalo con respecto al gasto de los diputados del parlamento en 2009, el escándalo en relación con la fijación de la tasa LIBOR, una retahíla de escándalos por abuso sexual de celebridades, y el pedir cuentas a los medios de comunicación en el escándalo de la piratería informática. En todo el mundo, la decepción con respecto a los políticos y a la ideología política y la caída de las así llamadas estrellas son un fenómeno común. Cuando las palabras de miembros de la sociedad anteriormente confiables demuestran —vez tras vez— ser mentira, ¿cómo puede uno dar crédito a algo que se dice en nombre de la verdad?

Tal vez inevitablemente, el colapso de la confianza crea un vacío en el que cualquier opinión puede vestirse con el manto de la verdad y desfilar libremente. En la era de las noticias falsas y el resurgimiento de las teorías conspiratorias, las mentiras hacen su agosto. Además, es más probable que encuentren un oído abierto al cual aferrarse. El descrédito de los medios de comunicación, los políticos, la maquinaria del gobierno, el comercio, y los artistas y personajes famosos importantes ha dejado a la democracia misma abierta a la amenaza. Si ya no se puede dar crédito a los datos ratificados por autoridad alguna, ¿qué da forma a la opinión pública?

Cámaras de eco digitales

Sin duda, la revolución digital promueve las burbujas que Obama señalaba como una amenaza a la sociedad. Dirigiéndose a la Real Academia de las Bellas Artes (RSA: Royal Society of Arts) de Londres en junio de 2017, el periodista Matthew d’Ancona, autor de Post-Truth: The New War on Truth and How to Fight Back, reconocía que la posverdad está en pleno auge; es «como si los cortafuegos y anticuerpos… de nuestro sistema se hubieran debilitado». El entorno digital está impulsando este cambio —dice él— al proveer «cámaras de eco» en las que cada individuo puede refugiarse, posibilitadas ellas por la facilidad y el anonimato que caracterizan nuestra tecnología hoy omnipresente. Los complejos algoritmos «se han creado para conectarnos con las cosas que nos gustan o que pudieran gustarnos», y entonces, con apenas unos clics podemos lanzar nuestras opiniones a los cuatro esquinas de la tierra. ¿La razón? La nueva Ilustración se basa en el comercio, no en valor alguno por la verdad, a pesar de los nobles objetivos que originalmente algunos establecieran para la incipiente tecnología.

«Esto no es un error de diseño; no es una consecuencia imprevista. Es lo que los algoritmos deben hacer… Son fantásticamente receptivos al gusto personal y, hasta ahora, increíblemente ciegos a la veracidad».

Matthew d’Ancona, “The War on Truth” (presentación ante la RSA en junio de 2017)

D’Ancona señaló que «nunca el antiguo adagio que dice que “Una mentira puede viajar por medio mundo mientras la verdad está poniéndose los zapatos” ha parecido tan oportuna o preocupante». La Internet —explicaba él— representa «un tipo de vector de sueños para la posverdad», donde las falsas noticias y las conspiraciones sobre temas tan diversos como el holocausto, la política presidencial estadounidense y los cambios climáticos hallan un nuevo nivel de tolerancia y credulidad. De hecho, en diciembre de 2016, la encuesta Ipsos efectuada a más de tres mil estadounidenses halló que alrededor de setenta y cinco por ciento de quienes estaban familiarizados con cierta noticia falsa difundida creían que al menos era bastante precisa.

Hablando en la misma ocasión en Londres, Eliane Glaser —escritora, productora y autora del libro Get Real: How to Tell It Like It Is in a World of Illusions — observaba que «hay una curiosa manera en la que la Internet más o menos se deshace de la historia: que simplemente vivimos en este permanente presente y… no podemos ver el contexto histórico del momento en que estamos».

Refiriéndose a la observación del expresidente estadounidense acerca de las «burbujas», David Smith, corresponsal de The Guardian en Washington, señaló que «Obama aborda uno de los temas candentes de la autopsia de las elecciones. Se ha comentado mucho acerca de cómo los conservadores y los liberales se han dividido en “burbujas” mutuamente exclusivas, reforzando las opiniones de unos y de otros en grupos de Facebook, procurando noticias que se ajustan a sus respectivos sesgos de confirmación. El presidente ha notado antes que, hace una generación, las principales cadenas televisivas presentaban una serie de hechos de aceptación general. El panorama actual es una receta para escoger y mezclar la “posverdad” y aún mayor polarización».

Imperios tecnológicos

El modelo publicitario digital busca, cada vez más, cambiar de forma según los deseos de nuestros corazones. De hecho, los algoritmos que determinan qué avisos publicitarios vemos en línea se basan en una impresionante cantidad de variantes. Martin Kelly, director general de Infectious Media, ofrece una lista parcial: «lenguaje, hora del día, condiciones climáticas, ubicación y hasta los índices de polen. El nivel de adaptabilidad abierto a los publicistas aumenta día a día». Toda la economía digital se sustenta en la realidad de que las ganancias se generan por los clics, no por la verdad. Así que el grado en que las finanzas y el comercio determinan lo que vemos en línea está en auge.

Cinco empresas tecnológicas controlan un porcentaje mucho mayor de la información personal tocante a nosotros, como individuos, que el que gobierno o estado alguno haya manejado antes; por lo tanto, son cada vez más útiles en el ámbito político. Su principal objetivo comercial conlleva la inevitabilidad de que un grado de información altamente personalizada acerca de nosotros como individuos se saque y venda al mejor postor, a veces con fines de orientación política. Aunque utilizar datos para orientar siempre ha formado parte del proceso político, la escala, sofisticación y naturaleza a puerta cerrada de estos gigantes tecnológicos implica que se podría interpretar como socavando el proceso democrático.

En un artículo publicado en mayo de 2017, Carole Cadwalladr de The Observer sugería conexiones turbias entre la empresa de datos Cambridge Analytica LLC, el propietario de 90% de la misma y partidario de Trump Robert Mercer y Steve Bannon, ex vicepresidente de Cambridge Analytica que luego se convirtiera en asesor de Trump. La historia, que atrajo la atención sobre datos obtenidos legalmente por Facebook, es en sí objeto de demandas legales en nombre de algunas de las partes mencionadas. Comenzaba con una cita de Alex Younger, jefe del servicio secreto MI6, publicada en diciembre de 2016: «La conectividad que es el corazón mismo de la globalización puede ser explotada por estados con la intención hostil de promover sus objetivos… Los riesgos que conlleva son profundos y representan una amenaza fundamental a nuestra soberanía». La percibida amenaza a la soberanía puede también resultar una amenaza al ideal de Locke de preservar la santidad de la conciencia individual del control gubernamental.

Considerando las opciones

Los comentaristas que reconocen la amenaza de la posverdad a la sociedad concuerdan en la necesidad de acción. Esta acción, según cree d’Ancona, debería ser múltiple. Un primer paso es asegurarse de que la industria de verificación de los hechos disponga de fondos suficientes para combatir la falsa información. Él también sugiere que la litigación puede tener lugar en determinadas circunstancias y que la autorregulación sería apropiada para las grandes compañías tecnológicas que alojan la mayor parte de la información. D’Ancona propone, además, que enseñar a los niños a discernir entre la realidad y la ficción en los entornos digitales debería ser tan importante como la alfabetización.

Existe la sensación, sin embargo, de que la promoción de solo los hechos nunca será suficiente para detener la propagación de la enfermedad de la posverdad. Es probable que la gente ya crea que el poder en la era de la nueva iluminación puede moldear cualquier realidad que escoja. Un grado de inteligencia emocional —combinado con hechos— será cada vez más necesario para alcanzar a quienes ya experimentan la resonancia arrulladora dentro de sus cámaras de eco y sus burbujas.

D’Ancona cree que la «humildad política» y una ideología política que sea simplemente sincera y honrada son antídotos importantes para la posverdad. Estas soluciones son bien conocidas, sin embargo, ¡cuán elusivas han demostrado ser! El modelo de la antigua iluminación buscaba este tipo de código moral en la Biblia, pero solo hasta cierto punto; rechazaba los milagros, la resurrección de Jesucristo, y cualquier otra cosa que insinuara lo sobrenatural. El tercer presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, llegó al extremo de cortar y pegar, unidas, solo las secciones del Nuevo Testamento que según él eran lo suficientemente racionales para incluirlas en su obra Life and Morals of Jesus of Nazareth, «el código moral más sublime y benevolente ofrecido alguna vez al hombre».

Con todo, la Biblia —en su totalidad— es más que un discurso moral. Es también un registro de los seres humanos y de su propia voluntad, comenzando con la historia de Adán y Eva, que quisieron decidir por su cuenta qué era verdad (bueno) y qué era falso (malo). La narración continúa con el relato de la historia del antiguo Israel —un pueblo que rechazó la sabiduría de Dios a casi cada momento: «cada uno hacía lo que bien le parecía» (Jueces 17:6). No querían oír «lo recto» sino, más bien, «cosas halagüeñas» y «mentiras» (Isaías 30:10). La Biblia habla, además, de «tiempos peligrosos» que aún vendrían en el mundo, una era cuando la autoridad sería difamada porque sí y los hombres serían calumniadores, aborrecedores de lo bueno, amadores de sí mismos y del dinero (2 Timoteo 3:1–5). ¿Hemos llegado ya a ese punto? ¿Un punto en el cual la infraestructura es suficientemente global para garantizar que el mundo entero sucumba ante los especuladores de la posverdad y se retire a las cámaras de eco, de modo que cada individuo solo oiga lo que quiera oír?

Jesucristo dijo que él es «el camino» y «la verdad» (Juan 14:6). Asimismo dijo que la Palabra de Dios, la Biblia, es verdad (Juan 17:17). Pero, ¿qué significa eso en las arenas movedizas de un mundo de posverdad, cuando la Biblia es el último lugar al que la mayoría recurre por respuestas? Quizá deberíamos considerar lo que señala d’Ancona’s, que si tan solo tuviéramos gobernantes humildes, que fueran sinceros y honrados, avanzaríamos mucho hacia una solución a los problemas que nos han llevado al pensamiento posterior a la verdad. Incluso quienes ven a Jesús nada más que como un personaje histórico ejemplar concuerdan en que los citados rasgos de carácter —humildad, sinceridad y honradez— lo describen bien. Así que, puede que valga la pena examinar más de cerca el libro que contiene sus enseñanzas, todo dentro del más amplio contexto de la antigua y prolongada resistencia de la humanidad a la verdad.