Verano 2017

Ciencia y Entorno

Entrevista

Riesgos existenciales y el destino humano

David Hulme

Ante las amenazas a nuestra constante capacidad de seguir existiendo en la Tierra, el astrónomo real británico analiza no solo los riesgos sino algunas de las alternativas que los científicos están explorando actualmente.

En el Centro para el Estudio del Riesgo Existencial de la Universidad de Cambridge (CSER, por sus siglas en inglés), Martin Rees y sus colaboradores están preocupados por los múltiples riesgos que podrían resultar en la extinción de la humanidad. Rees es miembro de la Cámara de los Lores del Reino Unido y también ostenta el título de astrónomo real. En esta entrevista efectuada en junio de 2017, el editor de Vision David Hulme le preguntó acerca de sus preocupaciones —y esperanzas— con respecto al futuro de nuestra especie.

D. H.:  El estudio de los riesgos existenciales, los factores que pueden contribuir a la casi o total extinción de la humanidad se ha convertido en toda una preocupación para usted. Ha escrito antes al respecto. Muchos de estos riesgos han estado siempre presentes —volcanes y terremotos, por ejemplo—; otros, como la contaminación y las armas nucleares, son relativamente nuevos. ¿Por qué fue recién en 2012 que usted y sus colaboradores formaron el Centro para el Estudio del Riesgo Existencial?

M. R.:  Dos cosas han cambiado en décadas recientes. En primer lugar, las principales amenazas que nos preocupan ya no provienen de la naturaleza (de asteroides, terremotos, etc.), sino de acciones humanas. Hemos entrado en una nueva era, el Antropoceno, donde el futuro de nuestro planeta depende más de lo que nosotros hacemos colectiva e individualmente, que de la naturaleza en sí. La primera manifestación de esto fue, probablemente, la era atómica (también conocida como era nuclear) cuando, durante la Guerra Fría, podríamos haber caído (por error de cálculo o intencionadamente) en un verdadero Armagedón con decenas de miles de armas nucleares detonándose. Así que, estamos ahora en una situación en la que nos amenazan los aspectos negativos de nuestras propias tecnologías.

Otra cosa que ha cambiado es que estamos en un mundo global, interconectado, de modo que resulta muy poco probable que una gran parte del mundo pueda sufrir devastación sin afectar al resto del mundo. Ya no es como en siglos anteriores, cuando podía haber habido un desastre localizado en cierta región que en nada afectaba al resto del mundo. Estamos ahora más interconectados y más vulnerables.

D. H.:  Francis Bacon escribió Nueva Atlántida, describiendo una utopía científica. Me pregunto qué haría él del antropoceno. ¿Ha fracasado la ciencia en este sentido?

M. R.:  Desde luego, yo no diría que la ciencia ha fracasado. Pienso que las vidas que todos vivimos son en gran manera mejores que las que vivieron las generaciones anteriores; en verdad no podríamos proveer ningún tipo de vida a los siete mil trescientos sesentaicinco millones de personas que hay ahora en este planeta sin los avances de la tecnología. Con todo, necesitamos ser conscientes de que también tienen aspectos negativos. Los riesgos son cada vez mayores. El reto para las próximas décadas es sacar partido de los beneficios de los extraordinarios nuevos avances —particularmente con respecto a la biotecnología y la inteligencia artificial—, y evitar los aspectos negativos.

D. H.:  ¿Cómo ve usted la inteligencia artificial (IA) contribuyendo a un mejor futuro?

M. R.:  La tecnología de la información nos ha beneficiado enormemente. El hecho de que alguien en el medio de África tenga acceso a la información mundial y de que todos estemos en contacto, unos con otros, es algo maravilloso. Pero si miramos más hacia el futuro, nos preguntamos si la inteligencia artificial conseguirá algo que se acerque a la inteligencia humana, y eso plantea otra serie de preguntas. Las máquinas y los robots están apoderándose cada vez más de segmentos del mercado laboral. No se trata ya solo de trabajos en fábricas; la contabilidad de rutina, los diagnósticos médicos y las cirugías, y la actividad jurídica serán reemplazados. Irónicamente, algunos de los trabajos más difíciles de automatizar son cosas como la fontanería y la jardinería. Con el fin de contribuir a una sociedad aceptable a la luz de estos progresos, tenemos que contar con una redistribución masiva de la riqueza, de modo que el dinero —como quien dice, ganado por los robots— se utilice para financiar grandes cantidades de puestos decorosos, bien remunerados y seguros para cuidadores de jóvenes y personas mayores, personas en obras de ese tipo en el sector público.

D. H.:  El biólogo E.O. Wilson ha dicho que estamos destruyendo la biósfera y eso va a ser para siempre si no hacemos algo lo bastante urgente. ¿Es el colapso de la biósfera el riesgo más grave que usted ve?

M. R.:  Pienso que es algo para con lo cual tenemos especial responsabilidad porque, como bien señaló el propio E.O. Wilson, si las acciones humanas nos llevan a extinciones masivas, este es el pecado que las futuras generaciones menos habrán de perdonarnos, porque conllevará una pérdida de biodiversidad irreversible. Se trata de una pregunta ética: ¿Cuánto le importa esto? Muchos ecologistas piensan que el mundo natural tiene valor más allá de lo que significa para nosotros, los humanos, pero significa mucho para nosotros. Si los bancos de peces se reducen hasta desaparecer o si talamos los árboles de los bosques tropicales, podemos perder beneficios que nos favorecen como seres humanos. Pero se trata de más que eso. Ciertamente deberíamos considerar la preservación de nuestra diversidad como un imperativo ético por derecho propio.

«Si las acciones humanas nos llevan a extinciones masivas, este es el pecado que las futuras generaciones menos habrán de perdonarnos, porque conllevará una pérdida de biodiversidad irreversible».

D. H.:  Usted ha dicho que tenemos cincuenta por ciento de probabilidades de llegar al final del siglo. ¿Cuál es la base para ese cálculo?

M. R.:  Bueno, realmente, no podemos calcularlo; pero desde luego yo diría que tenemos al menos cincuenta por ciento de riesgo de experimentar un muy grave revés a nuestra civilización entre la actualidad y el fin del siglo XXI, debido a las presiones colectivas de nueve mil millones o diez mil millones de personas en el planeta o, lo más probable, a la perturbación generada por la mala utilización de estas cada vez más poderosas tecnologías por parte de grupos pequeños, sea por error o intencionadamente.

D. H.:  Con todo, percibo en sus escritos que, en realidad, usted es optimista.

M. R.:  Soy optimista en lo técnico, pero pesimista en lo político. Pienso que los avances de la tecnología y la ciencia son enormemente beneficiosos; no llegaremos al final del siglo si no los utilizamos. Debemos crear estas tecnologías, pero también tenemos que darnos cuenta de que a medida que se vuelven más poderosas, aumentan sus aspectos negativos. En particular, permiten a grupos pequeños de personas e incluso a individuos causar un impacto mundial. Como suelo decir, la aldea global tiene sus idiotas, y sus absurdidades tendrán alcance mundial. Va a ser un nuevo reto para los gobiernos asegurar que podamos mantener en equilibrio la tensión entre la privacidad, la seguridad y la libertad cuando unas pocas personas pueden causar tan catastrófico daño mundial, sumado a los riesgos causados por nuestro impacto colectivo en el planeta.

D. H.:  Un autor que también ha escrito sobre los riesgos existenciales incluye el autoengaño como un grave problema. Ante los riesgos existenciales, nos permitimos creer que la ciencia siempre los resolverá, de modo que nos decimos: «No tengo que preocuparme por eso». ¿Nos estamos engañando en ese sentido?

M. R.:  Desde luego, es cierto que nos negamos a reconocer cosas que deberían preocuparnos; especialmente estos riesgos que pudieran ser tan catastróficos que una sola ocurrencia sería demasiado. Por otro lado, hay también una sensación de impotencia individual; no sabe uno qué hacer. Es por esto que pienso que es muy importante que llamemos la atención de nuestros políticos al respecto. Es difícil para los políticos centrarse en cuestiones a largo plazo de alcance mundial, bajo la presión de preocupaciones a corto plazo. Los políticos se ven influidos por lo que aparece en la prensa y en sus buzones virtuales. Así que, como científicos, tenemos la responsabilidad de asegurarnos de que las mejores ideas científicas se introduzcan en el proceso político.

Sir Martin Rees, cofounder of the Centre for the Study of Existential Risk

D. H.:  En lo que respecta a soluciones para los riesgos existenciales, usted y sus colaboradores han procurado reunir lo mejor de la física, la ciencia informática y la filosofía. Me interesó que la filosofía fuera parte de ello; las rigurosas y aplicadas ciencias no suelen recurrir a ella.

M. R.:  Yo pienso que, obviamente, necesitamos las ciencias sociales y la comprensión humanista tanto como las ciencias físicas. Por dar un ejemplo simple: todos, hasta en una megalópolis del tercer mundo tienen teléfonos móviles. ¿Hace eso que una pandemia potencial sea peor o hace que sea mejor? Los teléfonos móviles pueden propagar pánico y rumores. También pueden divulgar buenos consejos. Es necesario usar las ciencias sociales para ver cómo minimizar el efecto de algunos desastres. Otro asunto que me preocupa mucho: si hubiera una pandemia natural, me aflige pensar que aun si el índice de víctimas fuera de uno en mil, eso pudiera causar un colapso social porque acabaríamos saturando los hospitales. En la Edad Media todo el mundo era fatalista; un tercio de la población murió, el resto siguió como antes. Ciertamente, si la capacidad de los hospitales son saturados en los Estados Unidos, me temo que ocurriría un serio colapso social. Y eso ya es asunto de las ciencias sociales.

D. H.:  H.G. Wells dijo que no hay manera de regresar al pasado. Es el universo o nada; es asunto de elegir. ¿Está de acuerdo con eso? ¿Cómo superamos el impedimento existencial que usted ha planteado?

«Yo no tengo soluciones. Pienso que, a todo lo largo de este siglo, vamos a tener un viaje lleno de escollos».

M. R.:  Yo no tengo soluciones. Pienso que, a todo lo largo de este siglo, vamos a tener un viaje lleno de escollos. Hay quienes dicen que quizás H.G. Wells pensaba que podemos ir y tener nuevas colonias en el espacio. Yo he pensado bastante acerca del futuro a largo plazo de la especie humana, y creo que vamos a poder modificar a los seres humanos mediante ciborgs (organismos cibernéticos) y técnicas de edición de genes y, efectivamente, hasta rediseñar seres humanos. Creo que vamos a intentar regular todas estas tecnologías por motivos prudenciales y éticos, pero seremos ineficientes al regularlos, porque lo que sea que se pueda hacer, se hará (alguien en alguna parte lo hará). No es como hace cuarenta años, cuando los primeros científicos en relación con el ADN recombinante se reunieron para decidir las directrices al respecto. Ellos acordaron una moratoria y la observaron, pero ahora la empresa es mundial, con fuertes presiones comerciales. Controlar realmente el uso de estas nuevas tecnologías es, pienso, tan desesperanzado como controlar mundialmente las leyes sobre medicamentos o sobre impuestos; así que, soy muy pesimista con respecto a eso.

Hay quienes hablan acerca de seres humanos propagándose más allá de la Tierra, yendo a Marte o a otro planeta. No soy un gran admirador de los vuelos espaciales tripulados, porque el caso concreto se está debilitando a medida que los robots mejoran. En el entorno hostil del espacio, los fabricantes y exploradores robóticos van a ser el medio a través del cual realmente construyamos y exploremos cosas. Si la gente va al espacio, lo hará solo como aventura, de la misma manera en que viaja al Polo Sur o escala el Everest. Es una ilusión peligrosa pensar que alguna vez habrá una comunidad en Marte escapando de los problemas de la Tierra. No hay un planeta B, por así decirlo. Pero habrá, pienso que hacia fines del siglo, una pequeña comunidad de excéntricos pioneros viviendo (probablemente) en Marte. Ellos estarán fuera de cualesquiera regulaciones que impongamos en la Tierra en relación con ciborgs y biotécnicos. Más aún, tendrán todo incentivo posible para adaptar su progenie a este medio ambiente tan hostil al cual los humanos no se han adaptado en absoluto.

D. H.:  Me pregunto si llevarán consigo su naturaleza humana…

M. R.:  Bueno, la naturaleza humana es, evidentemente, muy maleable; es difícil para nosotros entender las actitudes e intereses de las generaciones anteriores. Así que, efectivamente, la naturaleza humana puede cambiar. Esperemos que cambie de modo que permita el desarrollo de una sociedad cooperativa. A muy largo plazo —por supuesto, si leemos nuestra ciencia ficción—, nos damos cuenta de que tal vez lo que llegaremos a tener  será no una civilización sino una enorme y única mente. Aun H.G. Wells pensó en ello.

D. H.:  Tras Hiroshima y Nagasaki, Einstein dijo su hoy famosa cita: «Es más fácil desnaturalizar el plutonio que desnaturalizar el espíritu malvado del hombre». ¿Qué hacemos para cambiar los riesgos existenciales relacionados con la naturaleza humana?

M. R.:  Pienso que es muy difícil. Obviamente, tenemos —en particular en estos momentos— preocupaciones a causa del extremismo religioso. Uno puede esperar que con el tiempo eso disminuya. También incumbe a los políticos fomentar una sociedad que minimice las oportunidades y ocasiones para quejas legítimas. Obviamente, en el futuro, una minoría marginada va a estar en una posición más empoderada debido a la tecnología de punta. Así que hay un incentivo aún mayor para tener el tipo de sociedad justa y más igualitaria que —de todos modos— muchos de nosotros queremos, porque de lo contrario, habrá una probabilidad mucho mayor de sufrir graves trastornos.

D. H.:  El principio antrópico dice que el universo se formó con los seres humanos en mente. Ahora usted está considerando los pros y contras del antropoceno, la era cuando la humanidad constituye la influencia dominante. ¿Cuál es la relación entre ambas, si es que la hay?

M. R.:  Algo que los astrónomos nos preguntamos es si hay vida —incluso vida como la nuestra— en alguna otra parte, porque —principalmente en los últimos diez años— hemos hecho el importante descubrimiento de que la mayoría de las estrellas que vemos en el cielo son orbitadas por séquitos de planetas, tal como el sol es orbitado por la tierra y los demás planetas que nos son familiares. Esto hace el universo mucho más interesante y plantea la pregunta sobre cuán importante es la vida en el universo. Dentro de diez años tendremos observaciones suficientemente buenas de algunos de los planetas similares a la Tierra que orbitan alrededor de otras estrellas, como para tener una idea de si tienen o no biósferas. Pienso que dentro de diez o veinte años, aprenderemos sobre cuánto se ha propagado algún tipo de vida en el universo. Y eso plantea aún otra pregunta: ¿Hay algún tipo de vida inteligente o avanzada?, pues hay una gran diferencia entre decir que hay algún tipo de biósfera y decir que hay algún tipo de vida tecnológica inteligente. Sería un descubrimiento enorme si pudiéramos detectar algo artificial, lo cual podría indicar que los conceptos de lógica y física no son exclusivos del hardware húmedo en el cráneo humano.

Estamos en este enorme universo donde hay cien mil millones de galaxias, cada una con cien mil millones de estrellas, y muchas de esas estrellas tendrán planetas como la Tierra a su alrededor. Entendemos que este inmenso dominio es gobernado por leyes físicas fundamentales y también por leyes que parecen ser las mismas dondequiera que podemos observar. Si tomamos el espectro de la luz desde una galaxia distante, podemos inferir que los átomos en ella son tal como los átomos aquí en la Tierra. La fuerza de la gravedad es la misma. Pero esto ha llevado a otra evolución, que pudiera constituir otra revolución copernicana, porque no hay razón para pensar que el universo observable, vasto como es, sea la totalidad de la realidad física. Y entonces, existe la posibilidad de que haya mucho más espacio más allá del que podemos ver. Aunque las leyes de la física son universales dentro de la región que podemos observar, si esa vasta región es solo una ínfima parte de la realidad física, cabe abrirse a considerar que las distintas partes de esta más grandiosa realidad física sean gobernadas por leyes físicas diferentes. No lo sabemos en absoluto; pero espero que en un lapso de cincuenta años podamos abordar cuestiones como «¿entraña nuestra realidad física solo un big ban o muchos?» y «¿tiene eso que ver con ámbitos donde las leyes físicas son diferentes de lo que son aquí?»

D. H.:  En un artículo reciente que leí, uno de los cofundadores de CSER, Jaan Tallinn, parecía un poco displicente cuando señalaba que los filósofos siguen diciendo cosas sin sentido y que se necesitan modelos matemáticos para reducir sus intuiciones a lo que es verificable. ¿Hay lugar en CSER para las grandes tradiciones filosóficas y/o religiosas?

M. R.:  Pienso que sí. Una cuestión de esta índole es hasta qué punto deberíamos tener en cuenta el derecho de las generaciones futuras y de quienes aún no han nacido. Este es un gran problema filosófico. Derek Parfit —filósofo moral británico— escribió artículos famosos al respecto, como también lo hicieron otros. El grado en que uno tome en cuenta el bienestar de gente que aún no ha nacido es, obviamente, una cuestión ética.

Otro asunto que se plantea en el contexto de la inteligencia artificial (IA) es el grado en el que, si contamos con máquinas que cada vez más logran tener capacidades humanas —lo cual pienso que seguramente ocurrirá (tenga en cuenta que por cuarenta años hemos tenido máquinas que pueden calcular mejor que nosotros)—, ¿vamos a considerarlas como zombis, o serán conscientes? Hay también un gran interrogante filosófico acerca de si la conciencia es una propiedad emergente más allá de cierto grado de complejidad o si es algo especial del tipo particular de hardware húmedo que tenemos nosotros, los simios y los perros. Es un interrogante muy importante sobre la interfaz entre la ciencia informática y la filosofía. Dicho de manera ligeramente trivial, si tenemos un robot que más bien parece humanoide, ¿habremos de preocuparnos de si está desempleado o de si está aburrido? Digo, porque sí nos preocupamos acerca de los seres humanos incapaces de desarrollar sus potencialidades. Sentimos que incluso ciertos animales necesitan poder vivir de manera natural. Entonces, ¿empezaremos a sentirnos de esa manera acerca de esas máquinas? Este es un interrogante ético y filosófico.

D. H.:  ¿Hay alguna presión selectiva evolucionaria que puede apartar a los humanos del tipo de sabotaje de la civilización del que ha hablado?

«La selección darwiniana no se aplica ahora a los seres humanos. Mantenemos a la gente viva, y toda selección es artificial y por diseño, por así decirlo».

M. R.:  Bueno, un punto importante es que la selección darwiniana no se aplica ahora a los seres humanos. Mantenemos a la gente viva, y toda selección es artificial y por diseño, por así decirlo. En el futuro, será posible, a través de la modificación genética, cambiar el físico y la personalidad de la gente, así que eso va a ser un asunto importante. ¿Qué clase de gente queremos tener? ¿Queremos acaso permitir esas técnicas? ¿Y hay que permitirlas a una elite si no están a disposición de todos? Mi instinto me dice que deberíamos retener y regular esto en la Tierra, pero si hay algunos locos en Marte, deséeles suerte en la evolución a nuevas especies.

D. H.:  Pensar en los macro y micro aspectos de nuestra existencia, la extensión del universo y los últimos descubrimientos del Gran Colisionador de Hadrones… lo que podemos comprender ahora es asombroso.

M. R.:  Pero por supuesto, lo más importante que aún no tenemos es la teoría que unifique lo muy grande y lo muy pequeño; y para entender la naturaleza del espacio mismo, necesitamos eso. Probar esa teoría será solo indirecto porque tendrá que depender del cálculo de las consecuencias que se encuentran en el mundo observable o en el alcance experimental, y a menos que tengamos consecuencias que podamos validar, nunca tomaremos en serio esas teorías. En este momento hay muchísimas teorías, pero ninguna de ellas se ha curtido en la batalla de esa manera. Pienso que todos concuerdan en que la escala principal es muy pequeña. Hasta que tengamos una teoría que opere con esa escala, no entenderemos las primeras etapas del big bang, ni la naturaleza del espacio mismo en lo más profundo.

D. H.:  ¿Es por eso que Einstein la llamaba fantasmal?

M. R.:  Bueno, él pensaba que toda teoría cuántica era fantasmal. El asunto es que no debe sorprendernos que sea fantasmal. Yo diría más bien que es notable que realmente hayamos progresado tanto como lo hemos hecho en la comprensión de algo sobre el mundo cuántico (al grado de que nuestra tecnología se basa en ello) y algo acerca del cosmos, pero pienso que tenemos que tener en cuenta la posibilidad de que haya algunos grados o niveles de la realidad más profundos que lo que nuestros cerebros pueden alcanzar más que lo que puede un mono alcanzar a comprender la teoría cuántica.