Otoño 2017

Biblia y Religión

La Ley, los Profetas y los Escritos, Parte 22

Israel en el exilio

David Hulme

Como hemos visto en entregas anteriores de esta serie, ya desde la época de Moisés se había advertido a los antiguos israelitas que la idolatría los conduciría a la ruina nacional. Sin embargo, aun tras advertencias proféticas similares en los siglos siguientes, estos escogieron seguir a los dioses de las naciones vecinas. Los resultados son totalmente predecibles.

En nuestra entrega anterior examinamos, tocante al norte de Israel, la continua desviación de su lealtad a Dios, específicamente bajo la casa de Jehú en la segunda mitad del siglo IX a. C., durante el reinado de Joás (800–784).

Un patrón similar de compromiso se manifestó en el reinado de Amasías, el nuevo soberano del reino del sur de Judá. Aunque el rey judío «hizo lo recto ante los ojos de Jehová», no fue completamente leal ya que no quitó los altares paganos ni los lugares altos —los santuarios en las cimas de las colinas— donde la gente seguía adorando. Actuó correctamente perdonando a los hijos de los asesinos de su padre, conforme a la ley de Moisés que especificaba que la gente debía hacerse cargo de las consecuencias de su propio pecado; a pesar de eso, tras vencer a sus vecinos edomitas, retornó con los dioses de ellos y comenzó a adorarlos (2 Reyes 14:1–7; 2 Crónicas 25:1–4, 14).

A pesar de la advertencia de un profeta no identificado, Amasías insistió en hacer su voluntad. El profeta desde ese momento supo que decirle al rey: «Dios ha decretado destruirte» (2 Crónicas 25:15–16).

Entonces, envalentonado por su reciente triunfo sobre Edom, Amasías provocó una guerra insensata contra Joás (hijo de Joacaz), su contraparte israelita en el norte. A causa de su orgullo y devaneo con las deidades edomitas, Amasías fracasó cuando Joás lo capturó y volvió con él a Jerusalén, derribó parte del muro de la ciudad, y se llevó rehenes y los tesoros del templo y de la casa real (2 Crónicas 25:20–24; 2 Reyes 14:8–14). Castigado, pero libre para seguir como rey en el sur, Amasías sobrevivió a Joás por 15 años. Durante ese tiempo, el hijo de Joás, Jeroboam II, gobernó las tribus del norte, lo cual continuaría haciendo durante 26 años más.

Ulteriormente, en retribución por haberse apartado de Dios, Amasías resultó víctima de una conspiración interna en Judá y murió asesinado. Su hijo y sucesor, Azarías, también conocido como Uzías, tenía apenas 16 años por ese entonces. Cabe destacar que él pronto reedificó el puerto de Elat a orillas del Mar Rojo, y lo restituyó a Judá. Habría de gobernar durante 52 años, a menudo emulando las buenas características de su padre (2 Crónicas 25:27; 2 Reyes 14:19–22, 15:1–2). Según se registra, él «persistió en buscar a Dios en los días de Zacarías [no el profeta menor], entendido en visiones de Dios; y en estos días en que buscó a Jehová, él le prosperó» (2 Crónicas 26:5).

Uzías se hizo famoso en la región por sus proyectos agrícolas, sus programas de edificación y sus proezas militares. Con todo, también él falló al no eliminar los lugares altos y al llenarse de orgullo. En su arrogancia, intentó quemar incienso en el altar del templo, función solo reservada a los sacerdotes. Este acto marcó un punto decisivo en su gobierno. Contrajo lepra, y esto lo forzó a vivir aislado, mientras, día a día, su hijo se encargaba del gobierno (2 Reyes 15:3–5; 2 Crónicas 26:6–21).

Después de los reinados de Saúl, David y Salomón, el antiguo reino de Israel se dividió entre el norte (Israel) y el sur (Judá). A continuación, una lista de monarcas que reinaron en el reino dividido.

* Las fechas son aproximadas; todas las fechas son a.C.

Adaptado de A Biblical History of Israel por Iain Provan, V. Philips Long y Tremper Longman III (2nd ed., 2015).


 

Los profetas se manifiestan

El profeta Amós se menciona en relación con Uzías y con los últimos días de Jeroboam II (Amós 1:1). Aunque Amós era judío, su mensaje se concentró principalmente en los israelitas del norte, a quienes anunció la cautividad que les sobrevendría. En segundo término, habló sobre los pecados de Judá y de varias naciones vecinas. Amós figura entre los doce profetas menores (del latín, minor, «menor» [por la longitud de su libro]).

Fue en el último año de Uzías, cuando Isaías —el famoso profeta mayor— fue comisionado (Isaías 6:1–9). Él también actuó durante los reinados siguientes: de Jotam, Acaz y Ezequías (Isaías 1:1), entregando mensajes sobre la caída venidera de Judá y de Jerusalén, su esperado Mesías y el futuro reino de Dios.

Otro profeta, Oseas, entró en actividad poco después, centrándose mayormente en el reino del norte de Jeroboam II, aunque también se lo menciona en relación con Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías, reyes de Judá (Oseas 1:1). De nuevo, el propósito de la mayoría de sus declaraciones fue para advertir a las tribus del norte —a las que a menudo se refiere colectivamente bajo el nombre de «Efraín»— acerca de su próxima destrucción y exilio.

Durante el reinado de Jeroboam, Dios también habló a través del profeta menor Jonás. Este es más conocido por su renuente misión profética en relación con el importante poder regional de Asiria y su capital, Nínive, durante la cual tuvo su famoso encuentro con el gran pez (Jonás 1–3). Muy a pesar de Jonás, a raíz de sus públicas advertencias Asiria cambió y evitó el castigo, previendo así la futura invasión de Israel y la deportación de sus habitantes. Jonás habría preferido ver la destrucción de los ninivitas según él esperaba, en vez de su triunfo sobre su propio pueblo en manos de ellos; pero Dios lo reprendió por su actitud inmisericorde: «¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?» (4:11).

 

«Los profetas… se consideraban voceros de Jehová, quien a través de ellos llamaba a su pueblo, para que regresaran a la obediencia al pacto que les había dado muchos siglos antes».

Douglas Stuart, Word Biblical Commentary, Vol. 31: Hosea-Jonah

Jonás también profetizó la recuperación de los territorios de Israel desde Hamath hasta el Mar Muerto (2 Reyes 14:25). Aunque no sabemos cuál de estas dos misiones proféticas se llevó a cabo primero, tal vez estén interrelacionadas. El hecho de que Nínive estuviera dispuesta a escuchar la palabra de un profeta israelita —sumado al de la recuperación del territorio por parte de Israel y a las declaraciones correspondientes en cuanto a que «no había… quien diese ayuda a Israel; y Jehová no había determinado raer el nombre de Israel de debajo del cielo; por tanto, los salvó por mano de Jeroboam» (14:26–27)— puede explicar por qué los asirios no atacaron en la época de Jeroboam. Aunque su reinado era comparable al de su corrupto homónimo, quien había inducido a Israel a la idolatría cuando las tribus del norte se separaron por primera vez, Dios en su misericordia determinó aún no hundir a Israel.

El comienzo del fin de Israel

Cuando Jeroboam II murió, le sucedió en el trono su hijo Zacarías, el cual fue asesinado por Salum tras apenas seis meses de reinado. Con esto se cumplió la profecía que Dios diera a Jehú, con respecto a que él tendría sucesores solo hasta la cuarta generación (2 Reyes 10:30, 15:12). Salum duró solo un mes en Samaria, antes de que a su vez fuera asesinado por Manahem, quien reinó a lo largo de la siguiente década, siguiendo en los caminos paganos de Jeroboam I. Fue entonces cuando los asirios, bajo el mando de Tiglat-pileser (también conocido como Pul o Pulu), descendieron sobre Israel, intentando atacarlo. En desesperada búsqueda del apoyo asirio, Manahem pagó a Pul mil talentos de plata, que más tarde exigió a los ricos de Israel. Satisfecho por el momento, el rey asirio y su ejército regresaron a Nínive (15:13–20).

El siguiente en la línea fue Pekaía, hijo de Manahem, el cual reinó dos años, solo para ser asesinado por Peka, quien como rey tuvo que enfrentar una nueva visita de Tiglat-pileser. Esta vez el ejército asirio se apoderó del territorio y capturó gente del norte y del este de Israel, entre ellos: «Ijón, Abel-bet-maaca, Janoa, Cedes, Hazor, Galaad, Galilea, y toda la tierra de Neftalí; y los llevó cautivos a Asiria» (versículo 29).

En el sur, Jotam rigió sobre Judá durante el reinado de Peka. La evaluación positiva de su reinado lo compara con su padre, Uzías. Fue un exitoso constructor de ciudades y fortalezas y un conquistador de los amonitas, a quienes les impuso tributo. Con todo, tal como varios de los demás reyes, falló en cuanto a quitar los lugares altos y evitar la adoración allí. Se nos dice que bajo su mandato, el pueblo «continuaba corrompiéndose». Fue entonces cuando Dios permitió que tanto Siria como Israel presionaran a Judá. (2 Reyes 15:32–37; 2 Crónicas 27:1–6). Quedando aún tres años en el reinado de Peka, Jotam murió, y reinó en su lugar su hijo Acaz.

El profeta menor Miqueas habló durante los reinados de Jotam, rey de Judá, y sus sucesores, Acaz y Ezequías, pero dirigió sus mensajes tanto a Samaria como a Jerusalén (Miqueas 1:1).

«En su presentación de la profecía, es de vital importancia para el escritor el cumplimiento de la palabra profética en la historia de las dos naciones, para bien o para mal».

T.R. Hobbs, Word Biblical Commentary, Vol. 13: 2 Kings

Acaz resultó ser un idólatra que «anduvo en el camino de los reyes de Israel» durante sus dieciséis años de reinado. Hasta practicó la inmolación ritual de niños; incluso la de sus propios hijos. Los sirios y los israelitas del norte atacaron una vez más y, aunque no lograron capturar Jerusalén (véase Isaías 7:1–6), llevaron cautivos a muchos de los habitantes de Judá, exiliándolos a Damasco y Samaria. Ellos dieron muerte al hijo del rey, echaron de Elat a los judíos y volvieron a instalar allí a los edomitas. No obstante las tribus del norte liberaron a sus cautivos tras recibir la reconvención de Dios a través de un profeta (2 Reyes 16:3–6; 2 Crónicas 28:1–15).

La respuesta de Acaz al ataque fue solicitar ayuda a Tiglat-pileser, pagándole por ella mediante el envío de tesoros del templo y de su propia casa. Al principio, los asirios no hicieron nada para ayudarlo, aunque después capturaron Damasco, exiliaron a algunos de sus moradores y mataron a Rezín, rey de Siria.

Posteriormente, Acaz visitó a Tiglat-pileser en Damasco y, al ver un altar allí, mandó hacer uno igual y lo instaló en el recinto del templo de Jerusalén, mudando el altar de bronce original a otra localidad cercana. Él usaba el altar original para obtener los oráculos, pero mandaba a los sacerdotes ofrecer todas las ofrendas y los sacrificios diarios al nuevo altar estilo Damasco. Introdujo también otros cambios en el contorno del templo, algunos, según parece, en deferencia al rey de Asiria, el conquistador del noreste de Israel, a quien ahora estaba subordinado. Al final, dejó totalmente de seguir a Dios, presentando sacrificios a los dioses de los sirios y estableciendo altares en honor a ellos en Israel (2 Reyes 16:7–18; 2 Crónicas 28:16–25).

Cae el reino del norte

En el norte, el reinado de Peka había llegado a un ignominioso final al conspirar Oseas contra él y asesinarlo, apoderándose del trono (2 Reyes 15:30). Su adhesión en 731 fue el principio del fin de la línea para el reino del norte. Cuatro años más tarde, Salmanasar se convirtió en rey de Asiria. Al principio, Oseas se sentía bien rindiéndole tributos, para evitar entrar en guerra con los asirios. Pero, después de un par de años, prefirió aliarse secretamente con Egipto en contra de Asiria y se negó a seguir pagando tributos. Al descubrir el subterfugio, Salmanasar lo encarceló y sitió a Samaria durante tres años (17:3–5).

El fin llegó cuando «en el año nueve de Oseas, el rey de Asiria tomó Samaria, llevó a Israel cautivo a Asiria, y los puso en Halah y en Habor, junto al río de Gozán, y en las ciudades de los medos» (versículo 6). Esto ocurrió alrededor de los años 722 y 721, cuando Sargón II usurpó el trono y así sucedió a Salmanasar.

Reino del norte de Israel llevado cautivo a Asiria, a fines del siglo VIII a. C.

Adaptado de Bound for Exile: Israelites and Judeans Under Imperial Yoke por Mordechai Cogan (2013).


 

 

 

Algunos registros asirios mencionan que Sargón, no Salmanasar, llevó cautivos a los israelitas. ¿Cómo debe entenderse esto? Es posible que Sargón quisiera destacar su lista de logros y legitimar su gobierno, y por esta razón incorporara a su lista el éxito de su predecesor. O tal vez el relato bíblico sea una versión simplificada de lo que sucedió, centrándose particularmente en el iniciador del colapso de Israel.

En cualquier caso, el autor de 2 Reyes da la razón del fin del reino y el exilio; el culto a los dioses extranjeros, el establecimiento de lugares altos para la idolatría, el obstinado rechazo al cambio, el rechazo de la ley de Dios, la brujería y la adivinación (versículos 7–18). Concluye diciendo: «e Israel fue llevado cautivo de su tierra a Asiria hasta hoy» (versículo 23). Escribiendo trescientos años después, el autor de Crónicas indica que no ocurrió así con toda la población, porque un «remanente… ha quedado de la mano de los reyes de Asiria» (2 Crónicas 30:6; compárese con 34:9).

Aunque el reino del sur representaba probablemente la mayor parte de lo que quedaba del antiguo Israel, «ni aun Judá guardó los mandamientos de Jehová su Dios» (2 Reyes 17:19). Con el tiempo, también ellos serían enviados al exilio.

Mientras tanto, conforme a la práctica asiria, la tierra capturada en el norte sería poblada por terceros en migraciones forzadas. Este traslado de poblaciones «trajo… gente de Babilonia, de Cuta, de Ava, de Hamat y de Sefarvaim, y los puso en las ciudades de Samaria, en lugar de los hijos de Israel; y poseyeron a Samaria, y habitaron en sus ciudades (versículo 24).

Estos nuevos habitantes retuvieron sus versiones de adoración pagana y los dioses de sus lugares de origen. Cuando los alcanzó la adversidad, pensaron que necesitaban aplacar a las deidades locales de Samaria, pero no sabían cómo hacerlo. Irónicamente, la solución del rey asirio fue volver a traer a un sacerdote israelita exiliado, para que él les enseñara (versículos 26–28). Recuerde que Jeroboam había establecido su propio sacerdocio y forma corrupta de religión cuando por primera vez Israel se separó de Judá (1Reyes 12:26–33); los propios sacerdotes de Israel se habían alejado mucho de Dios, y eso es —más que nada— lo que provocó el exilio de la nación.

Con todo, esta solución resultó de dudoso valor. Tras haber aprendido un poco, los nuevos habitantes designaron sus propios sacerdotes y siguieron con una mezcla de religiones: «Así temieron a Jehová aquellas gentes, y al mismo tiempo sirvieron a sus ídolos; y también sus hijos y sus nietos, según como hicieron sus padres, así hacen hasta hoy» (2 Reyes 17:29–33, 41).

La próxima vez Judá sucumbirá ante la misma suerte de sus primos del norte.