Invierno 2018

Cultura y Sociedad

Desperdiciando

Cómo reducir nuestro desperdicio de alimentos puede hacer mucho más que alimentar a la población hambrienta del mundo

Martin Coates

El desperdicio de alimentos tiene repercusiones preocupantes que van mucho más allá del hambre mundial; desde el despilfarro cada vez mayor de los escasos recursos de la tierra hasta la generación de gases de efecto invernadero. Hace ya mucho tiempo que se debería haber aplicado un cambio de criterio en cuanto a esto.

Exceso de pedidos de comida. Exceso de suministro de comidas y bebidas para algún evento. Pidiendo porciones más grandes que las que se anticipaban o requerían. Nos hemos acostumbrado a ello, especialmente en Occidente, como también nos hemos acostumbrado a desechar las sobras. Después de todo, resulta un gasto innecesario relativamente pequeño, ¿verdad?

Es la nuestra una sociedad desechable, en la que la abundancia conduce a la apatía. Esto se aplica a muchos de los productos básicos, pero es particularmente notable en lo que respecta a la comida: las sobras se suelen tratar como residuos, tanto en los hogares, como en los restaurantes, supermercados o demás puestos de comidas.

Examinemos por un momento un principio muy diferente puesto en práctica en una época también muy diferente de la nuestra. En el relato bíblico de uno de los milagros de Jesús leemos que él bendijo cinco panecillos de cebada y dos pescados. Esto no solo sació a una muchedumbre de alrededor de cinco mil personas hambrientas, sino que sobró. «Una vez que quedaron satisfechos, dijo a sus discípulos: Recojan los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada» (Juan 6:12, Nueva Versión Internacional; énfasis añadido). Ellos recogieron doce cestas llenas. No se nos dice qué pasó con las sobras, pero obviamente cabe deducir que no se planteaba meramente botarlas.

Hoy en día, ese enfoque es más que encomiable; es crucial. ¿Por qué? La respuesta radica, en parte, en considerar el verdadero costo de los alimentos que desechamos.

La magnitud del problema

En 2013, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) produjo el informe titulado «Huella del despilfarro de alimentos». Según el sumario ejecutivo, «La FAO estima que cada año se pierde o desperdicia aproximadamente un tercio de todos los alimentos producidos en el mundo para el consumo humano». Calcula que el costo directo de ello es de alrededor de setecientos cincuenta mil millones de dólares estadounidenses, equivalentes al producto interno bruto de Suiza. Pero el desperdicio de alimentos cobra, además, un costo ambiental: en la práctica, la tierra, el agua y la energía utilizados para producir esos alimentos también se desperdicia. En dicho informe se sostiene que el desperdicio de alimentos —no solo en Occidente, sino en todo el mundo— representa una oportunidad perdida de aliviar los efectos negativos en el ambiente y preservar los escasos recursos.

«La pérdida de tierra, agua y biodiversidad, como también los efectos negativos del cambio climático, representan costos enormes para la sociedad que todavía están por cuantificarse».

Ahora bien, la FAO estima que la huella mundial de carbono del alimento desperdiciado en 2011 equivalía a 4,4 gigatoneladas de CO2 (o sea, 4,4 billones de kilogramos o 7,3 billones de libras). Para poner esa cifra en perspectiva, añade que si el desperdicio de alimentos constituyera un país, ocuparía el tercer lugar como emisor de gases de efecto invernadero (GHG, por sus siglas en inglés) después de Estados Unidos y China. Asimismo, el informe indica que el agua utilizada para producir alimentos que finalmente se desperdicia es más que la que se utiliza para producir el alimento consumido por cualquier país. Esta información llega en un momento cuando aumenta la preocupación en relación con el impacto del calentamiento global por las emisiones de gases de efecto invernadero, y la posibilidad de disturbios civiles y guerras a causa de la escasez de agua.

«El desperdicio de alimentos ocurre en todos los países. Y en cada país, todo ciudadano tiene la responsabilidad civil de usar nuestros recursos de manera sostenible».

Barton Seaver, Prefacio, Food Foolish

La situación no es menos alarmante cuando consideramos el uso de la tierra. La FAO informa que la producción de alimentos que se desperdiciarán requiere alrededor de veintiocho por ciento de la superficie agrícola mundial. De nuevo, si el desperdicio de alimentos constituyera un país, la tierra por él ocupada en producción se colocaría en segundo lugar —en términos de superficie—, detrás de la Federación Rusa. Al mismo tiempo, nosotros ponemos presión sobre la tierra a través de la urbanización, los cultivos como biocombustibles y alimentos para animales, y la alimentación de la creciente clase media del mundo con más carne y productos lácteos.

Para complicar aún más el cuadro, las naciones interesadas en proporcionar a sus poblaciones alimentos asequibles se han dedicado a la compra de terrenos en gran escala para reforzar la seguridad alimentaria. Un informe de Oxfam de 2011 titulado «Tierra y poder: El gran escándalo que rodea la nueva ola de inversiones en tierras» indica que «desde 2001, nada menos que doscientos veintisiete millones de hectáreas de tierra —una superficie del tamaño de Europa Occidental— se ha vendido o arrendado, mayormente a inversionistas internacionales». Estos inversionistas a menudo convierten la tierra en monocultivos, sin tener en cuenta los derechos ni las condiciones de vida de los propietarios de las tierras ni el impacto mayor —social, económico y ambiental— de lo que en muchos casos equivale a una apropiación de tierras.

Obviamente, la presión se siente, y con los problemas que enfrentamos, dejamos pasar el abuso y el desperdicio masivo de alimentos en la cadena alimentaria mundial, en detrimento nuestro.

Si el desperdicio de alimentos constituyera un país, se clasificaría tercero en materia de emisiones de gases de efecto invernadero.

Adaptado de “Food Wastage Footprint and Climate Change” (FAO, 2015)

¿Muchas bocas que alimentar?

Por supuesto, también necesitamos considerar que la población del mundo está creciendo. En su libro Food Foolish, John Mandyck y Eric Schultz abogan por un sistema de alimentación sostenible. «No es suficiente solo alimentar los siete mil millones de personas de hoy. Necesitamos dejar suficientes buenas tierras, aire limpio, agua dulce y biodiversidad para alimentar sosteniblemente los más de nueve mil millones que se esperan para 2050». Irónicamente —añaden— actualmente producimos en todo el mundo víveres suficientes para alimentar a todos en el planeta de hoy y a los habitantes que se esperan para 2050.

Mandyck y Schultz lo ponen de esta manera: «Hay comida para todos, sin embargo, no todos pueden comer. El Papa Francisco llamó la atención del mundo a este asunto al citar la «paradoja de la abundancia», las elocuentes palabras de su predecesor, el Papa Juan Pablo II».

Ellos sostienen que esto desafía la noción de que necesitamos expandir masivamente la producción agrícola para alimentar a la población en aumento: «Dado lo que conocemos acerca de la pérdida y el desperdicio de alimentos, esto es como trabajar más arduamente para palear arena en un barril; un barril con un agujero en el fondo».

«Sí, absolutamente podemos satisfacer las necesidades alimenticias de siete mil millones de personas; pero también debemos reconocer que no podemos satisfacer los deseos de siete mil millones de personas».

Barton Seaver, Prefacio, Food Foolish

No desperdicie, no quiera

Cuando al alimento no se le considera preciado, es probable que se desperdicie. En el capítulo del libro Food Waste Across the Supply Chain a lo que a esto aluden, Jonathan Bloom y Steven Finn describen la transición del desperdicio a la alimentación mundial como el paso del acertijo a la claridad. Abogan por un cambio en la cultura y el enfoque en lo que respecta a la alimentación, con la educación de los consumidores como elemento central. Cuando valorar el alimento y evitar desperdiciarlo se vuelve normal, se produce un cambio «de una cultura de abundancia… a una cultura de responsabilidad».

En el Reino Unido el Programa de Acción para los Residuos y Recursos (WRAP, por sus siglas en inglés) ha establecido una ambiciosa meta para 2025: reducir en cincuenta por ciento el desperdicio de alimentos. Este programa lanzó su campaña Ame el Alimento, Odie el Desperdicio en 2007; y, según se indica, «en comparación con 2007, el Reino Unido está ahorrando tres mil trescientos millones de libras esterlinas al año, por no mencionar el ahorro de cuatro millones cuatrocientos mil toneladas de CO2». A nivel mundial, el WRAP se ha asociado con la FAO y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP, por sus siglas en inglés) para elaborar un documento-guía sobre el desperdicio o despilfarro de alimentos, con el fin de asistir al público y a los sectores privados en el desarrollo estratégico al respecto.

Mucho del esfuerzo educativo conlleva fomentar la toma de conciencia y ofrecer a la gente soluciones sencillas para marcar una diferencia. Por ejemplo, planificar las comidas, confeccionar una lista de compras, adquirir solo las cantidades necesarias, disponerse a comprar frutas y verduras menos que perfectas, ingeniarse para preparar comidas aprovechando las sobras, y en los restaurantes pedir una bolsita o una caja para llevar las sobras son formas comprobadas de reducir el desperdicio de alimentos.

También ayuda tener claro el significado de las etiquetas en lo que respecta a la fecha de vencimiento de los alimentos. Al revisar su nevera, puede pasar por alto las fechas que marcan «exposición a la venta hasta» y «fecha límite de venta» porque estas son para el personal de la tienda, no para los consumidores. De manera similar, cuando la etiqueta dice «consumir antes de» no significa que el alimento no se pueda comer de manera segura después de esa fecha; solo indica que podría ya no estar en óptimo estado. Solo la expresión «utilícese hasta» (fecha de vencimiento) se refiere a la inocuidad de los alimentos y se debe tomar en cuenta, aunque —según el Servicio de Seguridad e Inspección de Alimentos del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos— en Estados Unidos, incluso esta fecha («utilícese hasta») «no es una fecha de inocuidad, excepto cuando se indica en alguna fórmula infantil».

«Los alimentos que se quitan de los estantes del supermercado antes de la fecha límite de utilización (“utilícese hasta”), sea porque han pasado su fecha límite de venta o por razones cosméticas, aún se pueden usar. En muchas ciudades, los bancos de alimentos recogen alimentos que todavía son perfectamente comestibles y los distribuyen entre familias de bajos ingresos que esforzadamente procuran alimentarse de manera adecuada y saludable. Desde 2005 Walmart ha donado tres mil trescientos millones de libras de alimentos con este propósito. El minorista británico Sainsbury’s, además de donar excedentes alimentarios, también envía desperdicios de alimentos para generar electricidad a través de un proceso de digestión anaeróbica que produce tanto gas como fertilizante. Ellos tienen, además, un supermercado que funciona con electricidad generada solo a partir de desperdicios de alimentos.

¿Una oportunidad desperdiciada?

Aunque mucho se puede hacer por el lado de la ecuación referente al consumo, lo mismo se aplica tocante a la producción y la distribución.

Siendo como es la ingenuidad humana, alguien en alguna parte procurará —a menudo de maneras novedosas— encontrar soluciones a los problemas conocidos. Elise Golan, también colaboradora en Food Waste Across the Supply Chain, hace hincapié en algunas de las posibles tecnologías actualmente en desarrollo, las cuales —según los investigadores esperan— contribuirán a un mundo con mayor seguridad alimentaria. Entre ellas figuran la utilización de deshechos de café y restos de papas como sustitutos del musgo de turbera; la creación de nuevos ingredientes para obtener productos alimenticios y piensos a partir de los desechos de la elaboración del pescado; el uso del agua residual de las almazaras en bebidas o en productos para el cuidado del cuerpo; la utilización de las semillas de uva que quedan tras la producción del vino, para elaborar una harina que pueda reducir los riesgos de enfermedades cardíacas y de la obesidad.

Por otro lado, los investigadores están examinando innovaciones en envases y vitrinas refrigeradas para prolongar el período de conservación de los alimentos. Tales innovaciones son desesperadamente necesarias en muchas partes del mundo. Mandyck y Schultz citan investigaciones en las que se afirma que desde 2005 hasta 2015, «las pérdidas posteriores a las cosechas en el África subsahariana… podrían haber alimentado a cuarentaiocho millones más de personas»; esta pérdida de alimentos —señalan— realmente «excedía el total de la asistencia alimentaria recibida por esa región».

Mucho de la pérdida se debe a sistemas de distribución y almacenamiento deficientes. En muchos lugares se carece de la infraestructura necesaria para facilitar el traslado de las mercancías del campo al mercado. El mal estado de las carreteras, las comunicaciones deficientes, la insuficiente refrigeración durante el transporte, y las instalaciones de almacenamiento que no impiden las pérdidas causadas por plagas y agentes patógenos conforman lo que contribuye al desperdicio de alimentos. Los factores económicos también inciden: los precios bajos o los excedentes de producción pueden hacer que la explotación de ciertos cultivos sea tan poco rentable que, en vez de cosecharlos, se los deje pudrir en el campo.

En el prefacio de Food Foolish, Philippe Cousteau —productor de cine, explorador, defensor ambientalista y nieto de Jacques Cousteau— aboga por también abordar el asunto de las prácticas de pesca insostenibles, lo cual facilitaría no solo alimentar mil millones de personas más sino que además ayudaría a crear sistemas oceánicos sanos: «Es imperativo que hagamos comprender mejor a la población el impacto social, ambiental y económico del desperdicio de alimentos. Se trata de una medida decisiva que —como individuos, países y comunidad mundial— podemos tomar para mejorar las vidas de la gente, combatir el cambio climático y ayudar a proteger y restaurar nuestros océanos».

«Mientras que evitar el desperdicio de alimentos contribuirá en gran medida a combatir el hambre, los beneficios ambientales son igualmente importantes».

Philippe Cousteau, Prefacio, Food Foolish

Arreglar todos estos sistemas requiere no solo reeducación, sino planificación, voluntad política, inversiones y cooperación internacional. Bloom y Finn sostienen que debemos cambiar nuestra forma de actuar, y hacerlo rápidamente. Pero se preguntan si ese cambio será voluntario o por mandato, de arriba abajo o viceversa, y cuán pronto podría producir un impacto. Ellos no responden a esas preguntas, pero sostienen que, sean cuales fueren las soluciones, deben ser «multifacéticas, amplias y profundas, locales y mundiales. Deben incluir a todos los interesados a todo lo largo de la cadena de suministros… dado que no hay acciones mutuamente exclusivas al combatir el desperdicio de alimentos.

Algunos esfuerzos comunitarios ya están marcando una diferencia. En una «versión moderna» de aquel milagro de Jesús de alimentar a más de cinco mil personas y no desperdiciar las abundantes sobras, una organización con sede en Londres, conocida como Feedback, ha instituido la Gleaning Network (red de recolección), a través de la cual voluntarios trabajan con agricultores para recuperar alimentos que de otro modo se desperdiciarían y ponerlos al alcance de personas necesitadas. Su emblemático evento se denomina Feeding the 5000 (Alimentando a los cinco mil). En cada presentación, celebrada en ciudades alrededor del mundo, desde Londres a Nueva York y desde Ámsterdam hasta Sídney, ellos alimentan a cinco mil personas con comidas preparadas enteramente a base de alimentos recuperados.

Cada uno de nosotros puede marcar una diferencia; pero ¿será suficiente? La buena noticia es que, sea cual fuere el progreso que mundialmente logremos o no hoy, podemos avistar un futuro prometedor. Aquel que procuró que otrora se recogieran los fragmentos sobrantes de panes y peces asegura que tenemos por delante un tiempo de abundancia y plenitud: «Tierra, no temas; alégrate y gózate, porque Jehová hará grandes cosas. Animales del campo, no temáis; porque los pastos del desierto reverdecerán, porque los árboles llevarán su fruto, la higuera y la vid darán sus frutos. Vosotros también, hijos de Sion, alegraos y gozaos en Jehová vuestro Dios; porque os ha dado la primera lluvia a su tiempo, y hará descender sobre vosotros lluvia temprana y tardía como al principio. Las eras se llenarán de trigo, y los lagares rebosarán de vino y aceite» (Joel 2:21–24).

Los esfuerzos encaminados a aliviar el desperdicio de alimentos son cruciales; y cada uno de nosotros puede causar un efecto en su propia pequeña esfera de influencia; pero, siendo la naturaleza humana como es, en última instancia, resolver el problema a nivel mundial y de una vez por todas requerirá una intervención divina, vertical, de arriba abajo. La reeducación desempeñará un rol importante. Incluirá, sin duda, no desperdiciar los recursos de la Tierra, pero ¡hay tanto más que necesita arreglo!; el desperdicio de alimentos es solo un aspecto que habrá que abordar, mientras la humanidad toda aprende cómo vivir en armonía con el planeta y mutuamente.