Invierno 2018

Cultura y Sociedad

Historia de crecimiento de África

La explotación de un continente

Daniel Tompsett

La explosión demográfica de África la convierte en presa fácil para la explotación comercial, y los inversionistas extranjeros se han apresurado a aprovechar la oportunidad. Esta breve exposición explora los problemas que enfrentan el continente y su pujante población.

Las Naciones Unidas estiman que la población de África ha aumentado de doscientos veintinueve millones en 1950 a más de mil doscientos millones hoy en día. Al ritmo actual, el crecimiento proyectado sugiere que para 2050 la población podría duplicarse con creces, llegando a mucho más de dos mil quinientos millones.

Corporaciones e inversionistas de todo el mundo se han apresurado a aprovechar la oportunidad. Por ejemplo, The Economist informó que «hace una década solo había 129 millones de suscripciones a teléfonos móviles en toda África… pero desde entonces la cantidad de subscripciones se ha disparado a casi mil millones». Teniendo en cuenta que muchos africanos usan múltiples tarjetas SIM parece que, actualmente, casi la mitad de la población posee teléfonos móviles.

Semejante explosión demográfica propicia la explotación comercial, ya que cada año se abre un mercado de aproximadamente el tamaño de Argentina. Por supuesto, no todo acceso a nuevos productos es problemático; algunos de estos productos pueden realmente beneficiar a la gente. The Economist señaló lo siguiente: «Según un estudio realizado por académicos del MIT… tan solo por obtener acceso a M-Pesa, el servicio de dinero móvil de Kenia, dos por ciento de las familias kenianas salieron de la pobreza entre los años 2008 y 2014».

Para hacer frente al considerable crecimiento de la población, en todo el continente se planean o están en construcción diversos programas de infraestructura que abarcan carreteras,  ferrocarriles, puentes, presas y proyectos energéticos, a un costo de múltiples miles de millones de dólares. Entre ellos se encuentran el Programa del Corredor Norte-Sur para rehabilitar y mantener 8.599 km (más de cinco mil trescientas millas) de caminos en siete países, mejorar 600 km (373 millas) de ferrocarril, modernizar puertos como el Dar es Salaam, y aumentar el potencial de generación de energía de la Represa Hidroeléctrica del Sur de África.

En 2014, comenzó la construcción en relación con la expansión de la capacidad del Canal de Suez. Finalizado en 2015, el proyecto de $8,200 millones (USD) concretó la adición de una ruta marítima paralela de 35 km (22 millas) para permitir a los barcos pasarse unos a otros. El gobierno egipcio espera con optimismo que, a medida que el comercio aumente, para el año 2023 las ganancias anuales lleguen a más del doble.

Aunque el principal Puerto de Kenia, Mombasa, por largo tiempo ha competido con Dar es Salaam de Tanzania, por el título de puerto más dominante de la costa este de África, se espera que un nuevo puerto que está en etapas de planificación en Lamu, más al norte de Kenia, superará a ambos. Por otro lado, Tanzania está construyendo su propio súper puerto, Bagamoyo, el cual —de completarse, a un costo estimado en diez mil millones de dólares estadounidenses— sería el puerto más grande de África. Su nombre deriva del término bwaga moyo, que en lengua suajili significa «pérdida del corazón» o «deja tu corazón», reflejo de la desesperanza de quienes en siglos pasados fueran obligados a quedarse en esa ciudad portuaria a enfrentar un futuro incierto como esclavos.

Esa desesperanza aún hoy encuentra lugar. Aunque en África se han hecho inversiones en proyectos de infraestructura, a los países africanos les resulta difícil a veces conservar su participación en proyectos financiados por otros países. En el caso de Bagamoyo, una empresa constructora del gobierno chino espera terminar la obra para el 2045. Un acuerdo con Omán y China estipulaba que Tanzania iba a recaudar $28,000.000 (USD) para compensar a los propietarios de tierras desplazados, pero cuando alcanzó a reunir solo $1,500.000 (USD), los informes sugieren que la empresa constructora china intervino para pagar la compensación bajo la humillante condición de que Tanzania renunciara a su parte de la participación del proyecto terminado.

«Según se estima, con casi cinco kilómetros de largo y un kilómetro y medio en tierra, en su más imponente versión el puerto Bagamoyo recibirá más de veinte millones de contenedores por año».

Amanda Leigh Lichtenstein, “Sea Change Comes to Bagamoyo” en AramcoWorld (2015)

De hecho, el dinero chino se ha estado invirtiendo en proyectos de infraestructura africanos y, rápidamente, comprando exportaciones y recursos africanos. En 2013, la firma urbanizadora Shanghai Zendai Property Limited, con sede en Hong Kong, anunció que estaba construyendo una ciudad  —a razón de siete a ocho mil millones de dólares estadounidenses—, en las afueras de Johannesburgo, llamada Modderfontein New City. Esta ciudad se convertirá en una plataforma de lanzamiento para las firmas chinas que inviertan en infraestructura africana. China y Nigeria también han entrado en un contrato de once mil millones de dólares estadounidenses para construir el ferrocarril costero Lagos-Calabar, que se extenderá a lo largo de 1.400 km (871 millas), uniendo a su paso puertos y centros comerciales.

Con todo, China no está sola en su intento de aprovechar el increíble potencial de crecimiento de África. Una gran cantidad de inversionistas posee actualmente una participación en el futuro del continente. Pero, tal como señala el Foro Económico Mundial, «persisten problemas como el terrorismo y las amenazas a la seguridad, la escasa productividad en los sectores agrícolas y un marcado desempleo entre los jóvenes».

La amarga ironía es que en zonas ricas en recursos, la todavía frágil gobernanza implica que los recursos del continente nunca se han aprovechado adecuadamente. Con inversionistas ahora sacando partido del potencial de crecimiento africano, ¿cómo le va a ir a la población en la transición? Según el Foro Económico Mundial, sesenta por ciento de la fuerza laboral del continente se dedica a la agricultura; sin embargo, la agricultura en sí constituye menos de un cuarto de sus exportaciones. El nivel de producción de alimentos de África ha crecido algo en años recientes, pero sin una considerable transformación agrícola, el continente se verá en apuros para soportar la carga de una población cada vez mayor. Además, «África tiene la más grande población juvenil de todos los continentes, y muchos países africanos se ven en problemas para generar empleos para la creciente cantidad de gente joven que entra al mercado laboral».

Donde existe semejante desequilibrio en una economía, con frecuencia se necesitan mucho más urgentemente la educación y la atención médica que los proyectos de infraestructura de múltiples miles de millones de dólares que satisfacen las ambiciones de los inversionistas internacionales. África siempre ha sido un continente increíblemente rico en recursos. En muchos de sus países, la abundancia siempre ha estado al alcance de la mano, a menudo solo en el subsuelo en forma de materias primas. Aunque parece inevitable que África siga modernizándose, creciendo, desarrollándose y avanzando en el escenario internacional, persiste la pregunta en cuanto a si ese crecimiento realmente habrá de llevar a más prosperidad y mayores oportunidades para su población. Si las proyecciones de crecimiento demográfico se concretan, miles de millones de personas pueden estar dependiendo de decisiones tomadas hoy con más interés en las ganancias materiales que en la gente. La historia de África sugeriría que la salvación prevista a través de proyectos de infraestructura y tecnología no proporcionará la tan necesaria liberación.

La codicia de la minoría dentro de África, y de todas las naciones que por mucho tiempo han procurado explotar sus riquezas, sigue siendo uno de los mayores problemas del continente. En esto —por supuesto— África no está sola. Semejante codicia llevará finalmente a todas las naciones a una confrontación con el Creador. De un mundo globalizado, orientado hacia sí mismo, nos habla el último libro profético de la Biblia. Y allí aprendemos que la liberación nos llegará, no a través de la comercialización mundial de materias primas o de productos básicos (véase Apocalipsis 18), sino del establecimiento de un orden moral que tiene en mente el bienestar de todos los seres humanos.