Primavera 2018

Ciencia y Entorno

Una dosis letal

Planteando nuestro problema mundial de toxicidad química

Ron Dodgen

Los productos químicos sintéticos se encuentran por todas partes, y su uso generalizado está teniendo efectos tóxicos no solo en el planeta, sino en nuestros propios cuerpos. Para resolver el problema se necesitará más que reglamentación y legislación.

La primavera siempre ha ofrecido los sonidos, vistas y aromas de la renovación anual de la naturaleza. Pero hace más de medio siglo, Rachel Carson lanzó una advertencia. La renovación primaveral de la naturaleza —señaló— corría el riesgo de ser silenciada por el uso excesivo de productos químicos sintéticos, y en particular, por el DDT. El libro de Carson, Primavera Silenciosa, se convirtió en el atalaya para la concienciación ambiental mundial. Sus esfuerzos constituyeron el catalizador para una mayor restricción del DDT en la agricultura.

Sin embargo, a pesar de sus advertencias, el uso más amplio e incluso más generalizado de productos químicos fabricados se ha encontrado en gran medida con un silencio propio. Ahora bien, su impacto va más allá de lo descrito por Carson. Los productos químicos sintéticos ahora se han integrado en todos los aspectos de nuestras vidas. Aparecen en nuestros alimentos, productos de cuidado personal, medicamentos recetados, productos de limpieza para el hogar, juguetes, ropa, muebles y productos para el cuidado del césped, por nombrar solo algunas aplicaciones para el consumidor.

Lo especialmente preocupante en torno a esto es que el proceso de prueba conducente a la aprobación de los productos químicos para su uso es limitado e inadecuado. Muchos de los productos químicos que se encuentran en champús, detergentes y demás productos de consumo ni siquiera tienen que pasar por pruebas antes de salir al mercado. Los efectos adversos están aumentando a tal punto que actualmente la toxicidad se considera una de las amenazas existenciales que enfrenta la humanidad. Según Julian Cribb, autor de Surviving the 21st Century (2017), esta es «probablemente la más subestimada, menos investigada y poco entendida de todas las amenazas existenciales».

«Por primera vez en la historia de la Tierra, una sola especie —nosotros mismos— está envenenando el planeta entero».

Julian Cribb, Surviving the 21st Century (2017)

De hecho, las cifras son asombrosas. El Departamento de Control de Sustancias Tóxicas de California informa que, actualmente, en los Estados Unidos se emplean en el comercio más de ochentaicinco mil productos químicos, con la introducción de dos mil productos químicos nuevos cada año. Otras fuentes señalan que las ventas mundiales de productos químicos han aumentado de ciento setenta y un mil millones de dólares en 1970 a cinco mil doscientos billones de dólares en 2016. Algunos calculan que se usan sustancias químicas en 96% de todos los artículos manufacturados. Más de 98% de la población estadounidense registra niveles detectables de metabolitos de DEHP. El DEHP o dioctil ftalato (DOP) es un componente sintético que se añade a los plásticos para hacerlos más flexibles.

Las sustancias químicas encontradas en la sangre y los tejidos humanos se han relacionado con infertilidad, trastornos del sistema inmune, hiperactividad y trastornos del desarrollo. Un estudio, publicado en International Journal of Epidemiology, señala que en la actualidad más de trece millones de muertes se pueden atribuir a agentes tóxicos y, según se estima, 24% de las enfermedades resultan de exposiciones a sustancias químicas ambientales. Constantemente se detectan en el aire, en el agua y en muestras de polvo sustancias químicas sintéticas, con la mayoría de la gente de los países industrializados albergando en su sangre y tejidos una mezcla de residuos de sustancias tóxicas.

¿Cómo es que el cuerpo humano se ha convertido en semejante repositorio de toxinas? El camino puede ser bastante inocuo, con aplicaciones agrícolas y escorrentías representando solo la punta del iceberg. Tome a manera de ejemplo los productos ignífugos en muebles tapizados: cada vez que uno se sienta, se liberan partículas invisibles de polvo cargado de sustancias químicas; luego ese polvo se inhala o ingiere.

El Centro Nacional Estadounidense de Información sobre Biotecnología (NCBI, por sus siglas en inglés) también cita el ejemplo de sellantes a base de alquitrán de hulla en estacionamientos: «»En edificios de apartamentos adyacentes a estacionamientos que son tratados con estos selladores, las personas están literalmente rastreando este material en sus casas, y está resultando en niveles más altos de HAP [hidrocarburos aromáticos policíclicos] en el polvo de la casa en esos hogares». Los PAHs se producen al quemar o procesar carbón (hulla), aceite, gasolina, madera, etc., y se sabe que muchos de ellos son carcinógenos.

Preocupaciones en aumento

Datos recientes solo pueden ahondar la alarma con respecto a nuestra cada vez mayor exposición a sustancias tóxicas. Por ejemplo, hasta hace poco no entendíamos complemante que:

 

1dosis bajas de químicos con el tiempo pueden tener un efecto significativo;

2las mezclas de sustancias químicas pueden producir efectos insospechados y complicados;

3la exposición a sustancias químicas durante el desarrollo fetal y neonatal puede resultar especialmente perjudicial;

4la exposición a sustancias químicas puede tener un efecto epigenético, o sea, puede influir en la herencia por múltiples generaciones.

 

Examinemos cada una de estas crecientes preocupaciones.

1) Dosis bajas

La suposición común con respecto a las pruebas y regulaciones de sustancias químicas ha sido que «la dosis determina el veneno». Como se considera que las dosis que producen resultados por debajo de los umbrales tóxicos no representan ningún riesgo al ambiente, se aprueban para su utilización. Pero ahora, este criterio se está poniendo en duda. La exposición continuada a dosis bajas de sustancias químicas, con el correr del tiempo plantea graves riesgos. Más aún, muchos productos químicos que son motivo de preocupación nunca se han examinado en dosis relevantes desde el punto de vista ambiental.

Tyrone Hayes, profesor de Biología Integral de la Universidad de California en Berkeley, ha estudiado el efecto de niveles de dosis bajas de atrazina en ranas. La atrazina es un herbicida ampliamente usado para controlar las malas hierbas en cultivos como el maíz, caña de azúcar y sorgo. La evidencia demuestra que el impacto acumulado de exposiciones a dosis bajas causa un efecto impresionante en las poblaciones de ranas, particularmente en lo que respecta al equilibrio hormonal. La atrazina activa la enzima aromatasa, convirtiendo la testosterona en estrógeno; a través de la exposición a sustancias químicas, las ranas machos crecen y se convierten en hembras.

Por supuesto, un gran motivo de preocupación es que la escorrentía agrícola también afecta a otras especies a la que no está destinada. Los investigadores siguen estudiando los efectos de dosis bajas de productos químicos de disrupción endócrina (EDCs, por sus siglas en inglés) —entre ellos, la atrazina— en los seres humanos. Los EDCs interfieren con el sistema endócrino del cuerpo y, a causa de ello, también con los sistemas reproductivo, neurológico e inmunológico.

Asimismo, la investigación oncológica está poniendo en tela de juicio creencias muy arraigadas: se está haciendo evidente que la exposición a pequeñas cantidades de sustancias carcinógenas a lo largo de toda la vida puede ser tan tóxica como algunas dosis mayores.

2) Mezclas de químicos

La prueba de toxicidad siempre se ha dirigido a sustancias químicas que actúan independientemente. Muy poca investigación se ha centrado en cómo la toxicidad puede cambiar cuando se combinan sustancias químicas, sea en un producto o tras haberse liberado en el ambiente. Se ha partido de la hipótesis de que si una sustancia química está por debajo del nivel tóxico independientemente, lo seguirá estando aunque se combine con otras sustancias químicas.

No obstante, los estudios ahora indican que las mezclas de sustancias químicas pueden intensificar el efecto de cada componente. Y sustancias químicas catalogadas como venenosas por si mismas pueden crear toxinas cuando se combinan.

«Aunque es más difícil que identificar carcinógenos de una sola fuente, las exposiciones químicas a dosis bajas y mixtas no son menos un problema de salud pública».

Ronald Piana, “Low-Dose Chemical Exposure and Cancer,” The ASCO Post (June 10, 2016)

3) Desarrollo fetal y neonatal

Aunque en cualquier etapa de la vida la exposición a sustancias químicas tóxicas puede causar problemas, puede resultar especialmente perjudicial durante el período fetal y neonatal. El feto en desarrollo y los sistemas nervioso e inmunológico del niño son altamente vulnerables a las toxinas.

Y todas esas toxinas están a nuestro alrededor. Por ejemplo, el DEHP, que es un EDC, se encuentra en una variedad de productos con los que es posible que lactantes y niños pequeños estén en contacto frecuente; por ejemplo: equipo médico, tapicería, envases de alimentos, revestimientos de paredes de vinilo, baldosas, y muñecas y otros juguetes. El DEHP también puede atravesar la placenta y ser absorbido por el feto.

Una revisión de estudios recientes sobre la toxicidad de los ftalatos (incluido el DEHP), efectuada en 2016, concluía que «en relación con los adultos, los niños están muy expuestos a los ftalatos»; durante dichos estudios se encontró que la exposición de los niños solo al DEHP oscila «entre 45% y 535% por encima de los valores de referencia de la Agencia de Protección Ambiental Estadounidense (US EPA, por sus siglas en inglés)». Más adelante, en la misma revisión se indicaba que «la mayoría de los estudios concuerdan en que la exposición prenatal a los ftalatos está relacionada con resultados adversos para la salud en recién nacidos y niños».

Otro desestabilizador endócrino es el BPA (bisfenol A), sustancia de alto volumen de producción usada a menudo en la fabricación del plástico policarbonatado. El BPA también se emplea ampliamente en los envases de alimentos, incluso en las botellas de plástico para bebidas y en el revestimiento interior de latas de alimentos. En varios estudios se ha llegado a la conclusión de que dado que se parece al estrógeno, el BPA puede afectar el desarrollo reproductivo. Antes de que se prohibiera usarlo en biberones, pasaba a la leche o a la leche maternizada (fórmula) que luego era ingerida por los lactantes. Hay estudios que sugieren que los consiguientes niveles de hormonas alteradas afectaron adversamente el desarrollo del sistema, y en consecuencia, la salud futura de quienes fueron expuestos. El BPA también se considera un carcinógeno débil y puede incrementar el riesgo de cáncer más tarde en la vida tras la exposición en el útero o en la temprana infancia.

No obstante, hay más en esta historia. Como en años recientes los peligros del BPA se dieron a conocer mejor, algunos fabricantes respondieron reemplazándolos con alternativas como el BPS y etiquetando sus productos con la frase «BPA-free» (Sin BPA). No obstante, los estudios sobre estas sustancias de reemplazo sugieren ahora que tal vez sean tan peligrosos o más que los anteriores. Una investigación publicada en la revista Fertility and Sterility llega incluso a declarar que «el bisfenol S y el bisfenol F no son alternativas seguras al BPA», y añaden que «deberíamos urgentemente enfocarnos en la evaluación del riesgo que representan para la salud humana los substitutos del BPA».

«Pareciera que el mundo manufacturado está creando una sopa de sustancias químicas que está contaminando lentamente el ecosistema que es nuestro cuerpo».

Daniel Goleman, Ecological Intelligence: The Hidden Impacts of What We Buy (2009)

4) Efectos epigenéticos

Con el desarrollo del campo de la epigenética estamos aprendiendo que vamos creando bombas de tiempo hereditarias a través de las elecciones que hacemos hoy. La epigenética «sostiene que las condiciones celulares o ambientales alrededor de los genes influyen sobre la herencia y pueden dar lugar a efectos (y enfermedades) heredados en múltiples generaciones sin cambiar los genes en sí» (Beyond Lamarck: The Implications of Epigenetics for Environmental Law). Uno de los detonantes es la exposición a sustancias químicas, lo cual puede cambiar la manera en que un gen se expresa; las características alteradas resultantes pueden pasar a su descendencia por dos o más generaciones.

La exposición prolongada a sustancias químicas puede crear un residuo químico en nuestras células, sangre y tejidos, que vamos a cargar a lo largo de nuestras vidas. Aunque se necesitan más pruebas de laboratorio, los investigadores ya saben que podemos pasar el residuo de algunas de estas sustancias químicas a nuestra progenie no nacida, en realidad contaminando a nuestros hijos.

A manera de ejemplo, un estudio piloto efectuado en 2015, publicado en Scientific Reports de nature.com, halló que los nietos de mujeres que estuvieron expuestas al plomo mientras estaban embarazadas exhibían patrones de expresión genética que implicaban exposición directa al plomo aunque tal exposición no había ocurrido. Los autores del estudio sugerían que estos patrones —específicamente en el mecanismo conocido como metilación del ADN— más bien se habían heredado de la abuela.

El tema del impacto epigenético en humanos y animales se ha convertido en una de las principales preocupaciones de las agencias reguladoras de sustancias químicas.

Conflictos e intereses

Dada la abundancia de datos que indican una creciente amenaza a partir del contacto y la acumulación tóxicos, ¿por qué el problema de la contaminación química resulta tan difícil de resolver?

En primer lugar, la explosión de la elaboración y aplicación de productos químicos, sumada al débil criterio de análisis, ha imposibilitado a los gobiernos a mantenerse a la altura de la expansión del mercado. Aun si existieran la capacidad y los sistemas de supervisión para probar cada producto químico nuevo, carecemos de normas internacionales en lo que respecta a qué constituye un riesgo o peligro.

En los Estados Unidos, es posible que —aun cuando presente toxicidad— el producto químico se considere seguro bajo ciertas condiciones. El gobierno estadounidense no prohibirá una sustancia sin evidencias irrefutables de que la exposición a esta causa daños. Así que, evaluar los riesgos y resultados biológicos de la exposición en términos de causalidad puede ser difícil, dado que entra en juego una serie de factores. La edad, la etapa de desarrollo, el sexo, la genética, la nutrición y la presencia de otras enfermedades o afecciones; todo puede afectar los resultados.

Más aún, los estudios que encuentran poco o nada de riesgo para la salud humana son, en muchos casos, financiados por la industria o por los propios fabricantes de productos químicos, avivando el debate sobre posibles conflictos de intereses y haciendo mucho más difícil el trabajo de los legisladores. Los legisladores también se enfrentan a la nada envidiable tarea de pesar los riesgos para la salud pública contra las repercusiones de limitar o prohibir los productos químicos de los que sectores económicos enteros (como las empresas agrícolas o de fabricación) han aprendido a depender.

Por el contrario, los toxicólogos europeos aplican el principio precautorio que cabe denominar «planteamiento de más vale prevenir que lamentar». En la Unión Europea, si —aun en ausencia de pruebas concluyentes— existe una posibilidad de riesgo en un producto químico, se suele no aprobar para su utilización.

La comunidad científica misma no está completamente de acuerdo en lo que respecta a los riesgos relacionados con la exposición a dosis bajas y mezclas de sustancias químicas, así que el debate continúa. William Halperin, presidente del Departamento de Medicina Preventiva de la Facultad de Medicina de la Universidad Rutgers de Nueva Jersey describe el criterio actual de salud pública para evaluar los productos químicos industriales como «el elefante proverbial examinado por un grupo de ciegos». Cada uno percibe algo distinto, dependiendo de su «paradigma específico»: higiene industrial, prevención, vigilancia, etc.

Nadie aboga por la eliminación de los productos químicos manufacturados. Muchos de ellos no solo son útiles, sino que salvan vidas. Con todo, los datos disponibles con respecto a la toxicidad y sus efectos perjudiciales en la salud humana son preocupantes. Las soluciones propuestas son muchas y variadas y se pueden agrupar en tres categorías generales:

 

1Aumentar las pruebas y el poder regulador gubernamental para medir adecuadamente los riesgos de los productos químicos no analizados que están actualmente en el mercado y de nuevos productos químicos antes de que entren al mismo, incluso los riesgos con respecto a la dosificación y las mezclas de sustancias químicas.

2Permitir a la industria privada autorregularse, para garantizar la seguridad y la salud en lo que respecta a la aplicación y utilización de los productos químicos.

3Animar a los consumidores empresariales y privados a adquirir solo productos químicos probados e investigados adecuadamente, provocando así un cambio de manera eficaz en la industria de productos químicos.

 

Aunque cada una de estas propuestas tiene fuertes partidarios, ninguna aún ha ganado respaldo internacional. La alarma ha sonado, los resultados comienzan a ser evidentes, vemos un cada vez más claro paso de causalidad, pero hasta la fecha, la ciencia, el gobierno y la industria han fracasado en cuanto a aportar soluciones.

La razón de semejante fracaso realmente nos toca de cerca: el uso de productos químicos sintéticos toca la mayoría de los aspectos de la vida en Occidente. Al aumentar el nivel de vida, la contaminación química se convirtió en el reverso aceptable del progreso; y cuando la vida es buena, nadie quiere perturbar el orden establecido. Los productos químicos agrícolas son un blanco fácil, tal vez porque la mayoría de nosotros vive a una distancia aséptica de las industrias que proporcionan nuestros alimentos. Pero cuando se trata de los productos que llenan nuestros hogares y hacen más conveniente nuestra vida, a pesar del hecho de que también ellos están llenos de toxinas, no somos tan rápidos para protestar.

Lo cierto es que la legislación y la regulación solas no pueden resolver el problema. También entra en juego la voluntad humana, y ahí está el problema. El progreso científico (en este caso, el desarrollo de productos químicos) sin un progreso ético paralelo no es progreso en absoluto.

El poder de cambiar

En una carta a una amiga, fechada en 1958, Rachel Carson le explicaba sus planes para un libro sobre «la vida y las relaciones de la vida con el medio ambiente físico». Ella admitía haber luchado con algunos de los aspectos más obscuros del reciente progreso científico: «Era agradable creer, por ejemplo, que mucho de la naturaleza estaba siempre más allá del alcance de la manipulación del hombre; este podría arrasar los bosques y represar los arroyos, pero las nubes y la lluvia y el viento eran de Dios… Era reconfortante suponer que la corriente de vida seguiría fluyendo a través del tiempo en cualquiera que fuera el curso que Dios le asignara para ello, sin interferencia de una de las gotas de la corriente: el hombre. Y para suponer eso, fuera como fuese que el medio ambiente físico pudiera moldear la Vida, esa Vida jamás podría asumir el poder de cambiar drásticamente —o incluso destruir— el mundo físico» (Always, Rachel).

Pero la Vida —al menos, la vida humana— ha demostrado «el poder de cambiar drásticamente» el curso tanto de la vida biológica como del medio ambiente que la sostiene.

«Sólo dentro del espacio de tiempo representado por el presente siglo una especie —el hombre — ha adquirido significativo poder para alterar la naturaleza de su mundo».

Rachel Carson, Silenciosa Primavera (1962)

Carson continuó su carta diciendo: «Todavía siento que hay argumentos para mi antigua creencia de que, a medida que el ser humano se acerca a los “nuevos cielos y a la nueva Tierra” [referencia a Apocalipsis 21] o al universo de la era espacial —por así decirlo—, tiene que hacerlo con humildad antes que con arrogancia».

La humildad no ha sido el sello distintivo de la humanidad. Sesenta años después de que Carson escribiera aquellas palabras, uno de los resultados de nuestra arrogancia colectiva es la creciente contaminación tóxica tanto del planeta como de nuestros propios cuerpos.

Se le encargó a la humanidad cuidar del entorno —tanto en lo que respecta a la vida vegetal como a la animal— y el trato mutuo atento y respetuoso; pero la arrogancia, la vanidad y la codicia, sumadas al abandono de una visión ética y moral de la creación y del entorno que sostenga la vida están empujando al planeta a un estado de decadencia, enfermedad y degradación.

Solucionar nuestros problemas de toxicidad requiere un componente ético y moral que a su vez fundamentaría los esfuerzos del gobierno, la ciencia y la industria. Semejante cambio comienza en el corazón, reflejándose luego en cómo vivimos la vida, con una preocupación por el prójimo centrada externamente. Ese cambio incluye un profundo y humilde respeto por el ambiente y la vida que nos rodea. Cuando la mayoría adopte esa actitud humilde y preocupada, el cambio se efectuará.