Otoño 2018

Biblia y Religión

La Ley, los Profetas y los Escritos, Parte 25

El Dios consolador

David Hulme

Como vimos en la Parte 24, Isaías entregó mensajes de advertencia a Judá y Jerusalén antes de su derrocamiento por el rey de Babilonia. Acto seguido, el profeta pasó a transmitirles la esperanza de restauración y paz definitivas.

El capítulo inicial de la segunda sección del libro de Isaías se centra en un mensaje de consolación a Jerusalén y Judá, la majestad y el poder del Dios de Israel y la restauración que él les concedería tras su cautividad. Esto sienta la base para el resto del libro.

Algunos eruditos han llegado a la conclusión de que los capítulos 40 a 66 fueron compuestos tras el colapso del reino de Judá bajo la invasión babilónica del año 586 a.C. y durante el subsecuente exilio judío. Desde esta perspectiva, se considera toda la segunda parte del libro como obra de un «Isaías» posterior, hasta incluso el de un tercero, con la intención de animar al pueblo exiliado y prepararlo para el retorno a su tierra. Esta es una idea relativamente moderna, basada en análisis literarios del siglo XX. No es la manera en que consideraban esta obra los escritores de otras partes de la Biblia. La alternativa es que el Isaías original fue, de hecho, quien estuvo a cargo de la segunda parte del libro que lleva su nombre, registrando en su totalidad el mensaje de Dios —de restauración y esperanza— antes de la caída de Judá, tal como también lo hicieran otros profetas hebreos bajo la inspiración divina. Y de todas maneras, en la primera sección de su libro, Isaías ya había profetizado sobre un futuro mucho más allá de su época.

«El NT es explícito en su asignación de ambas mitades del libro al único hombre —Isaías— que “vio su gloria [la de Cristo] y habló de él»».

J. Barton Payne, Encyclopedia of Biblical Prophecy

La larga historia de idolatría, ruptura del pacto, desobediencia y cautividad resultante (predicha inicialmente en Isaías 39:7, pero resuelta en Isaías 43: 5–6, 14, y 44:28–45:5) dará lugar al perdón, la paz y la restauración. De ahí la alentadora declaración introductoria: «Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén; decidle a voces que su tiempo es ya cumplido, que su pecado es perdonado; que doble ha recibido de la mano de Jehová por todos sus pecados» (Isaías 40:1–2).

Algunos de los judíos volverían a Jerusalén pocos años después de que el imperio babilónico sucumbiera ante los persas en el año 539 a.C. Pero no todos regresaron, planteando el interrogante de si acaso el pleno cumplimiento de la profecía de consuelo anunciada por Isaías no más bien se refiere a la segunda venida del Mesías.

Varios de los versículos siguientes apuntan a la preparación del camino para la venida de Dios (versículos 3–5), profecía que Lucas —autor del evangelio que lleva su nombre— atribuye al papel de Juan el Bautista al anunciar la inminente revelación de Jesús como el Cristo o ungido (Lucas 3:4–6).

Nótese que no hubo dudas en las mentes de Lucas ni de otros escritores del Nuevo Testamento en cuanto a que el mismo Isaías escribió la segunda sección del libro. Citando pasajes de ambas mitades del mismo, el apóstol Juan dijo que el profeta hablaba de Cristo (Juan 12:37–41). En Hechos 8:26–35, leemos que el apóstol Felipe le explicó el material del capítulo 53 de Isaías a un etíope que le preguntó de quién estaba hablando el profeta en un pasaje acerca del Mesías venidero. Pablo se refirió a Isaías como autor de los capítulos 53 y 65 (véase Romanos 10) al comentar el rechazo de Cristo por parte de la mayoría de sus propios compatriotas y su aceptación por parte de muchos no israelitas.

Estos escritores también llegaron a comprender que el Mesías tendría que venir no una sino dos veces antes de que las profecías referentes al bienestar final para Jerusalén y toda la humanidad pudieran cumplirse. El apóstol Pedro dejó esto en claro. Hablando públicamente en la ciudad, en los primeros tiempos de la iglesia del Nuevo Testamento, mostró cómo los profetas habían predicho la primera venida de Cristo. Además, también se refirieron a la época de su regreso: «…y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo» (Hechos 3:20–21).

Un mejor futuro

Este tiempo futuro es uno de los temas clave de la segunda parte de Isaías. Por ejemplo, él profetiza que la desolación de la naturaleza se revertirá: «En las alturas abriré ríos y fuentes en medio de los valles; abriré en el desierto estanques de aguas, y manantiales de aguas en la tierra seca. Daré en el desierto cedros, acacias, arrayanes y olivos; pondré en la soledad cipreses, pinos y bojes juntamente» (Isaías 41:18–19).

La sequía espiritual también sería cosa del pasado: «Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos (44:3). El consuelo que Dios ha prometido a su pueblo Israel vendrá finalmente cuando él acabe para siempre el duelo de ellos por la pérdida de su favor y los capacite para reconstruir las ciudades en ruinas, y ellos se conviertan en ejemplos de buen vivir para la humanidad: «así Jehová el Señor hará brotar justicia y alabanza delante de todas las naciones» (61:11úp).

«Cantad alabanzas, oh cielos, y alégrate, tierra; y prorrumpid en alabanzas, oh montes; porque Jehová ha consolado a su pueblo, y de sus pobres tendrá misericordia».

Isaías 49:13

Otro tema de esta sección es la grandeza de Dios y, en contraste, la insignificancia de la humanidad. Él se revela a sí mismo como el único Dios (40:18, 25) y en oposición a los muchos ídolos del mundo pagano que los rodea (versículos 19–20). Él es omnisapiente y todopoderoso, y está a cargo de la historia. A menudo, la arrogancia interfiere en la manera de comprender nuestro lugar en el gran orden de las cosas. Para ayudarnos a obtener una mejor perspectiva, el profeta pregunta: «¿Quién midió las aguas con el cuenco de su mano y los cielos con su palmo, con tres dedos juntó el polvo de la tierra, y pesó los montes con balanza y con pesas los collados?» (versículo 12). Así como los seres humanos no podemos medir físicamente los más amplios aspectos del mundo creado, tampoco podemos evaluar el Espíritu de Dios ni aconsejarlo ni enseñarle. De poco sirven nuestras capacidades en comparación con las del Creador. Aun «las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas». No hay nada con lo cual se pueda medir a Dios (versículos 13–15).

Un aspecto del poder de Dios es que puede vaticinar lo que habrá de pasar aun bien entrado el futuro y puede provocar circunstancias y acontecimientos: «Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero» (46:9–10).

Dios es también el Creador de la humanidad, el Ser cuya majestad y poder benéfico no deja lugar para que la orgullosa humanidad discuta: «¡Ay del que pleitea con su Hacedor!, ¡el tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿Qué haces?; o tu obra: No tiene manos? ¡Ay del que dice al padre: ¿Por qué engendraste?, y a la mujer: ¿Por qué diste a luz?» (45:9–10).

La fidelidad y confiabilidad de Dios es otro aspecto en el que se pone énfasis. Él escogió un pueblo, los descendientes de Jacob (Israel), para ejemplificar una relación con él, y mantendrá las promesas que les hiciera. A pesar del abandono de ellos, Dios honrará su palabra, y ellos experimentarán la restauración: «Pero tú, Israel, siervo mío eres tú; tú, Jacob, a quien yo escogí, descendencia de Abraham mi amigo… te escogí, y no te deseché. No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia» (41:8–10). Él les asegura que de tierras lejanas los hará volver para prosperarlos otra vez: «… del oriente traeré tu generación, y del occidente te recogeré. Diré al norte: Da acá; y al sur: No detengas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los confines de la tierra» (43:5–6; véase también 49:14–26). Dios alentará de nuevo a su pueblo. No los desechará para siempre: «Ciertamente, consolará Jehová a Sion; consolará todas sus soledades, y cambiará su desierto en paraíso, y su soledad en huerto de Jehová; se hallará en ella alegría y gozo, alabanza y voces de canto. (51:3). Aunque estas promesas tuvieron su parcial cumplimiento en el retorno de algunos israelitas a Jerusalén bajo los auspicios de Persia, una vez más su culminación ocurrirá solo en el aún futuro reino de Dios en la tierra.

Estatuas de guerreros persas, en exhibición en Teherán, Irán
Foto por Frank van den Bergh

Caerá Babilonia

La caída del inminente captor de Judá, el imperio babilónico de Nabucodonosor, constituye una de las principales promesas de esta sección. «Así dice Jehová, Redentor vuestro, el Santo de Israel: Por vosotros envié a Babilonia, e hice descender como fugitivos a todos ellos, aun a los caldeos en las naves de que se gloriaban» (43:14). Esto se lograría tras setenta años de exilio, mediante la invasión de los persas bajo Ciro el Grande, profetizada —que vendría como instrumento de Dios— con más de ciento cincuenta años de anticipación (véase el capítulo 45). Él entraría a la ciudad con sigilo, sin oposición, y derrocaría a Babilonia.

Luego él sería usado por Dios para liberar a los judíos que quedaban de entre los llevados cautivos décadas antes, librándolos a ellos y a sus descendientes para que volvieran a Jerusalén. «Yo lo desperté [a Ciro] en justicia, y enderezaré todos sus caminos; él edificará mi ciudad, y soltará mis cautivos, no por precio ni por dones, dice Jehová de los ejércitos» (45:13). «Él es mi pastor, y cumplirá todo lo que yo quiero, al decir a Jerusalén: Serás edificada; y al templo: Serás fundado» (44:28).

El capítulo 47 registra el juicio de Dios sobre Babilonia y su repentino colapso. «Vendrá, pues, sobre ti mal, cuyo nacimiento no sabrás; caerá sobre ti quebrantamiento, el cual no podrás remediar; y destrucción que no sepas vendrá de repente sobre ti» (versículo 11).

«Babilonia, la ciudad más fortificada del mundo, abre sus puertas [a Ciro] sin oponer resistencia».

John D.W. Watts, Word Biblical Commentary, Vol. 25: Isaías 34–66

Palabras de esperanza y consuelo

Como notamos en la entrega precedente de esta serie, y tal como ya se indicara anteriormente, Isaías registra varias profecías acerca de la primera y segunda venidas del Mesías. En la última parte del libro encontramos cinco «cánticos al Siervo», los cuales se puede demostrar que aluden a Cristo. En el capítulo 42:1–4, Isaías especifica en primer lugar la humildad del ministerio de Jesús (más tarde citado por Mateo en su evangelio [Mateo 12:18–21]). Isaías comienza diciendo: «He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones (Isaías 42:1). Se refiere, además, al rol del Mesías en la restauración de Israel y al hecho de ser una luz para las naciones (49:1–9); a su disposición a sufrir humillación (50:5–9); a la extrema naturaleza de su muerte como sacrificio por el pecado (52:13–15; capítulo 53); y al doble aspecto de su rol como promulgador del evangelio o buenas nuevas del reino de Dios, y como rey de reyes que regresa (61:1–2).

Esta última sección de Isaías contiene vislumbres de Jerusalén como nueva ciudad del futuro reino de Dios (54:11–13; 60:19–20), tema que se expande en el Nuevo Testamento (véase Apocalipsis 21). Tras el regreso de Cristo y mil años de su gobierno en la tierra, se revelará la nueva Jerusalén. Isaías se refiere a este tiempo cuando escribe: «Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra, y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento. Mas os gozaréis y os alegraréis para siempre en las cosas que yo he creado; porque he aquí que yo traigo a Jerusalén alegría, y a su pueblo gozo. Y me alegraré con Jerusalén, y me gozaré con mi pueblo; y nunca más se oirán en ella voz de lloro ni voz de clamor (65:17–19).

El postrer consuelo para los afligidos y perdidos llega en la conclusión del libro, en la promesa que Dios da: «Porque como los cielos nuevos y la nueva tierra que yo hago permanecerán delante de mí, dice Jehová, así permanecerá vuestra descendencia y vuestro nombre» (66:22).

La próxima vez nos referiremos a Jeremías y Ezequiel dentro y fuera de Jerusalén.