Verano 2018

Mensaje del Editor

Reflexiones

¿Qué tan inteligentes somos?

David Hulme

Ante nuestros rápidos adelantos tecnológicos, es hora de hacer algunas decisiones importantes. Sí; podemos hacer cosas nunca antes posibles, pero… ¿deberíamos?

Más allá de la cortadora de césped programada para trabajar sola en el jardín o de la Roomba que aspira la alfombra mientras no estamos en casa, se configuran aplicaciones de inteligencia artificial (IA) mucho más sofisticadas para revolucionar la vida entera. La tecnología de reconocimiento de voz puede ya ahorrarle a la asistente administrativa de un médico teclear en múltiples historiales clínicos, y la cirugía robótica para reemplazo de rodillas es más precisa y eficaz que un cirujano humano. Aunque puede que muchas tareas que demandan destreza manual en espacios pequeños (como la instalación y reparación de fontanería) no se automaticen en el futuro inmediato, otras (como fiscalizar complejas empresas) ya se han convertido en el dominio de máquinas inteligentes.

Ninguno de estos aspectos es motivo de preocupación en lo que respecta a los peligros de la IA, porque en estos momentos los robots de programas informáticos no pueden reemplazar el refinado juicio humano. Aunque todos sabemos que cuando algo se vuelve posible —aun cuando todavía sea éticamente indeseable— no podemos evitar que alguien lo utilice para mal.

Esto es preocupante en muchos campos del quehacer humano, no solo en cuanto a la inteligencia artificial. Las posibilidades que ofrecen las tecnologías de edición del genoma humano como, por ejemplo, la CRISPR-Cas9, crean algunos dilemas éticos singulares no solo con respecto a cuáles genes habría que editar, sino a cómo y cuándo. En lo que respecta al genoma humano, muchos países circunscriben esas ediciones a las células somáticas. A la fecha, incluso «curar» una forma de sordera mediante la alteración genética es sumamente controversial. No obstante, técnicamente no hay nada que impida la posible modificación de células de óvulos o espermatozoides para mejorar características tales como la altura o la inteligencia. Puede que la ilegalidad o las consideraciones de carácter ético sigan constituyendo un obstáculo para muchos profesionales, pero que para otros, las ventajas personales, nacionales y financieras contrarresten o superen tales inquietudes. CRISPR ya se ha utilizado para alterar embriones humanos; ¿puede estar lejos la era de bebés diseñados y quimeras de humanos y animales?

Por otra parte, según el informe de 2018 del Foro Económico Mundial, los investigadores están explorando el «enorme potencial para crear “elementos modificadores” activados por inteligencia artificial», para abordar cuestiones ambientales como, por ejemplo, la mitigación del cambio climático. Con todo, los autores reconocen que «la tecnología de la IA también tiene el potencial de ampliar y exacerbar muchos de los riesgos que hoy enfrentamos», entre ellos, los que atañen a la seguridad (como la intrusión cibernética, violaciones a la privacidad a causa del uso indebido por parte de humanos), el desplazamiento de empleos; y el riesgo de que la IA se rebele.

«Va a haber interés en crear máquinas con voluntad, cuyos intereses no son los nuestros… Pienso que vale la pena tomarse en serio la noción de IA frankensteiniana que se vuelve contra sus creadores».

Respuesta del periodista y autor William Poundstone, a la pregunta anual de 2015 de The Edge: «¿Qué piensa de las máquinas que piensan?»

De hecho, en 2014 —considerando el progreso logrado hasta entonces en materia de IA—, el renombrado físico Stephen Hawking declaró a la BBC que «la elaboración de inteligencia artificial completa podría significar el fin de la raza humana».

El caso es que el mundo remodelado que nuestras tecnologías hacen posible pone a la humanidad al borde de grandes progresos, pero también en la cúspide del desastre existencial.

¿Hay un momento para, unidos, decir «no» a ciertos tipos de evolución? Esta es la primera de dos preguntas que vienen a la mente desde una perspectiva bíblica. No son «religiosas» —en el sentido que causa que la gente se aleje de lo que sea que esté ligado a creencias religiosas—, sino basadas en la realidad, porque se refieren a nuestra existencia física y nuestra supervivencia.

Esta primera pregunta se refiere a una época en la que los seres humanos habían logrado mucho tecnológicamente por tener un propósito en común y hablar un mismo lenguaje. A comienzos de la urbanizada sociedad babilónica, un relato sobre la construcción de una gran torre que simbólicamente desafiaría el dominio de Dios, termina con la obstaculización de su ulterior desarrollo porque —según se explica— «han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer» (Génesis 11:6). Ellos podrían haber tomado un rumbo diferente y haber escogido no «jugar a ser Dios», pero al haberse extralimitado, resultó imperativo proceder a algún tipo de control externo: la gente fue dispersada y el lenguaje, confundido.

La segunda pregunta que viene a la mente es ¿cómo discernir entre el bien y el mal en la actividad humana? ¿Hay algún estándar universal mediante el cual podamos determinar lo correcto o incorrecto de una acción? Hoy más que nunca podemos reconocer fácilmente que el problema con tecnologías que se pueden usar para bien o para mal (utilización dual) surge a raíz del lado egoísta de la naturaleza humana.

Un grupo internacional de profesionales se reunió con regularidad desde 2015 hasta 2017 para considerar la ética en relación con la edición de genes en la línea germinal humana y producir una declaración de normas al respecto. Según este grupo, el problema es no poder garantizar el cumplimiento mundial de las mismas. Al respecto escribieron: «en algunos países con supervisión inadecuada por parte del comité de ética o con fuertes consejos de evaluación institucional (IRBs, por sus siglas en inglés), el potencial de abuso existe». O sea, que sin un código en común y un sistema para su cumplimiento que gobierne nuestras tecnologías, el caos espera a la vuelta de la esquina.

Tal código mundial se encuentra en la ley de amor, definida en la Biblia como amor a Dios como Creador y a los demás seres humanos como prójimos. La inteligencia artificial puede, ciertamente, aumentar la inteligencia humana, pero solo la mente de Dios obrando en la humanidad puede proveernos de «inteligencia» espiritual para que vivamos éticamente y en paz con todos.