Verano 2018

Historia

México: Una ciudad sobre un lago

Ramesh Patel

Dan Cloer

La historia de la ciudad de México nos remonta al siglo XIV, cuando Tenochtitlán se convirtió en la capital insular del imperio azteca. Estaba situada sobre el lago Texcoco en las tierras altas del valle de México.

La problemática relación de la ciudad con el agua también data de la época de los aztecas. Las lluvias torrenciales y las repentinas inundaciones estacionales eran frecuentes y podían resultar devastadoras para la agricultura cuando las aguas saladas del Texcoco se mezclaban con el agua dulce de los lagos interconectados. Los aztecas ofrecían sacrificios humanos a Tláloc, el dios de la lluvia, con la esperanza de recibir protección y abundancia. En un plano más práctico, también se convirtieron en ingenieros hábiles en el aprovechamiento del agua.

Su infraestructura hidráulica abarcaba represas y acueductos que proveían agua potable para beber; acequias de riego para la agricultura; y canales, calzadas y puentes para el transporte. En una especie de Venecia de Mesoamérica, los canales atravesaban la ciudad y pasaban entre las chinampas (arriates elevados o «jardines flotantes») que proveían mucho del alimento de la población.

Los aztecas aprendieron a controlar el nivel del agua mediante el desvío de ríos y manantiales, y talaron bosques y drenaron los lagos para ganar tierra estratégicamente, pero al hacerlo, inadvertidamente alteraron el ciclo del agua. El resultado fue que tanto la erosión del suelo como el impacto de las inundaciones comenzaron a aumentar.

En 1519, con la llegada de Hernán Cortés y los conquistadores, empezaron cambios de aún mayor alcance. Los españoles estaban asombrados ante el tamaño y la magnificencia de la ciudad, a la que comparaban favorablemente con las ciudades europeas. Uno de los invasores señaló: «Estas grandes ciudades o señales [templos-pirámides] y edificios alzándose desde el agua, todos hechos de piedra, parecen como una visión encantada del cuento de Amadís. De hecho, algunos de nuestros soldados preguntaban si acaso todo esto no era un sueño». Cortés estaba ansioso de explotar la riqueza de la tierra; en dos años había derribado la ciudad.

Solo que los españoles, acostumbrados a climas más áridos, no apreciaron la dinámica del entorno natural. Podrían haber aprovechado toda esa agua, pero en vez de ello optaron por conquistarla también.

Después de 1521, los recién llegados arrasaron Tenochtitlán y construyeron sobre las ruinas la ciudad de México, la capital de la Nueva España. Mientras que los aztecas habían administrado con destreza el agua que los rodeaba y sustentaba, los colonos españoles «prestaron poca atención a la cuidadosa coexistencia con el agua que los habitantes del valle habían cultivado por generaciones», escribe Barbara Mundy, profesora asociada de historia del arte en la Universidad Fordham y especialista en el México del siglo XVI. «En lugar de ello —explica— comenzaron una nueva guerra contra el agua del valle. Esta guerra duró más de cuatrocientos años, mientras los españoles y sus descendientes criollos trataban de deshacerse de toda el agua drenando los lagos. Infructuosamente buscaron drenajes (pensando que los lagos eran como bañeras con tapones), construyeron túneles atravesando montañas que colapsaron, cambiaron el curso de los ríos, todo en su intento de secar el valle, tal vez para convertirlo como la totalmente seca Extremadura [una región de España] de sus ancestros».

Despejaron la tierra para ampliar la ciudad con ranchos, huertos y hogares para una población en constante crecimiento. Los colonos introdujeron sus propios planes para reducir las inundaciones, los cuales incluían nuevos represas y canales para desviar el agua de los lagos y ríos cercanos. Habiéndose drenado sistemáticamente las fuentes naturales de aguas superficiales, la mayor parte de lo que quedó de los lagos del valle se secó en el siglo XX.

Así, donde antes había bosques, encontramos hoy tierras de cultivo y pastizales para pastoreo. Donde había lagos, encontramos asentamientos humanos construidos sobre lechos lacustres secos, con la gran ciudad de México cubriendo la mayor parte del valle.